Cuando un personaje suelta improperios de alto voltaje en un comic, el ilustrador pinta sapos y culebras dentro del bocadillo que representa sus pensamientos. Yo añadiría a ese bocadillo un angelito con cara de repugnacia o cabreo. Eso es lo que me produce escuchar a la gente soltar por boca taco tras otro de forma gratuita. Es lamentable que tus compañeros de trabajo, licenciados todos (gente «con carrera») no sepan comunicarse con algo más de imaginación que tirando de  recursos soeces.

Y aquí entra esa afición (tan masculina, por otra parte) de aludir continuamente el miembro y sus alrededores, que hace que al sapo y la culebra del bocadillo de mi personaje les entren ganas de morder la tan mentada anatomía viril.

Qué pobreza de lenguaje, Zeus mío. Dónde quedaron la imaginación, los dobles sentidos, la astucia, la ironía, ¡la inteligencia! para saber insultar o desahogarse sacando la mala leche que las situaciones cotidianas nos producen.

«Grrr.... Sapos y culebras».

«Grrr…. Sapos y culebras».

Un profesor me enseñó que el insulto burdo, el taco, es la salida del ignorante y el camino fácil para expresar disgusto o crítica, que siempre hay otro camino lingúistico, otra forma de verbalizar ese disgusto o esa crítica. Pero, claro, eso requiere cierta maña en el manejo del lenguaje, una porción de sofisticación y elegancia (de la buena), de la que algunos carecen.

Luego están quienes echan tacos para escandalizarte. Patético: se creen más progres lanzando burradas y tildándote veladamente de mojigata. Pero qué tendrán que ver la modernidad y la ausencia de prejuicios con la pobreza lingüística y de recursos comunicativos.

Asomar al cofee break de una oficina de licenciados es una maravilla. Comprobar ese humor ramplón y repetitivo que se gasta en abundancia en ese oasis de ocio dentro del lugar de trabajo. Una no se siente a la altura de tal despliegue.

Jabón, por favor, para esa boca

Y no hablemos de la infancia. Cuántas veces nos mordemos la lengua para no llamar la atención a un niño ajeno por su angelical palabrero. A cuántos de esos angelitos les habría lavado mi abuela (ella que tuvo bastantes menos oportunidades formativas pero bastante más educación que estos malhablados) la boca con jabón.

Como casi todo, el verbo inteligente y cuidado es cuestión de educación y no de dinero ni nivel. Mis padres, gente sencilla, trabajadora y de escuela elemental, jamás me dejaron soltar un taco; mi padre libraba y libra sus traspies con un «Manda Calao»(no me pregunten quién es el tal Calao) y mi madre con un «Cago en Ros»(ídem)  y «en los Sapos Coloraos» (en otras versiones maternas los sapos son «de Cría» o «Verdes»).

¿Arte?

Por todas estas consideraciones con las que expreso el rechazo que la metralla de tacos me produce, no me gustan los literatos que escriben con palabrotas.  No menciono a ninguno, pero tengo dos populares escritores de nuestros tiempos en mente. Como lectora, no les veo el arte. Grandes plumas han sabido describir los ambientes y realidades más sórdidos y crudos sin recurrir a la blasfemia (o economizándola, al menos; coto al taco gratuito).

Ab0vino también del cine de tal registro. Amén de que dónde han quedado las funciones de educar que las letras tienen, más allá de entretener. No estoy con ellos, por muy alternativos, auténticos o realistas de lo social que se crean algunos.

Debería darnos vergüenza que a estas alturas de la película de las conquistas socioculturales el prójimo deba tirar de orejeras en este país de alfabetizado.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.