Hace tiempo que recuperar unas botas viejas, devolver a la vida un polvoriento juguete de cuerda o desengrasar un juego de mesa conservado cual en formol me produce más placer que estrenar sus homólogos nuevos. Curioso.

No me tengo por fetichista ni colecciono antigüedades. ¿Lo soy (fetichista/coleccionista)?¿Serán «las cosas de la edad»?, como cantaba Modestia Aparte. ¿Añoranza exacerbada? ¿Inmadurez, por eso del deseo de la vuelta a la infancia y/o juventud? ¿Ahorro, es decir, economía pachucha? Pues seguro que una mezcla. De todo un poco.

Esta tendencia a la restauración en el avituallamiento íntimo también tiene algo de reafirmación, pienso. Me gustaría saber qué piensa de ello -me pregunto mientras esto escribo- mi estimada psicóloga Mónica G. Somoano, autora del blog Armonía. Ahí queda el guante. Seguro que algo ha escrito sobre ello.

Hay cosas que son para siempre.

Hay cosas que son para siempre.

Reafirmación por eso de sentirte tú sobre tus zapatos de universitaria, de conectar quien antes fuiste con quien ahora eres. Esas viejas botas con las que ascendías la cuesta a la Facultad te llevan ahora al trabajo, a la escuela a por los niños.  Si es que ¡te siguen gustando! Y, encima, al calzártelas, te invade un gustirrinín que es nuevo; en vez de despreocupación, desprendes algo más sólido, prueba de que en esa transición, además de reafirmación, hay renovación. Esa rutina recuperada te devuelve un halo indescriptible, que tiene algo de nostalgia, pero también de seguridad personal y de paso hacia delante «a gusto en tus zapatos».

Si la felicidad está en las pequeñas cosas, en los viajes cortos, no hay buen rato como la incursión al garaje materno para bucear un rato entre prendas viejas y otros objetos de nuestro bagaje infantil y juvenil. Algo interesante siempre se pesca.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.