Por aclamación popular 2.0, nace este post. Cuando el pasado 14 de febrero lancé en Facebook un  espontáneo «no me hagáis rajar de San Valentín», fuiste vari@s quienes respondisteis con insistencia «¡sí, por favor!». Palabra de terapeuta, aquí me hallo.

No es práctica de buen periodista vilipendiar y menos alegremente.

Al origen:

Vamos a ver, lo primero, quién era este San Valentín, que me juego el tipo a que no tiene la culpa del uso comercial que en España ha puesto de moda la celebración del 14 de febrero en las últimas décadas.

san valentín

La historia del mártir

Porque la festividad tiene origen anglosajón. Consiste, recordamos, en que ese día, onomástico de San Valentín, las parejas de enamorados expresan su amor y cariño mutuamente con regalos, mensajitos, cenitas y demás parafernalia. Se celebra el 14 de febrero, onomástico de san Valentín. En algunos países se conoce como Día de los enamorados y , en otros, como Día del amor y la amistad. En nuestro país hemos comprado la primera expresión.

Sabemos que San Valentín se celebra en estos lares desde hace poquito y que detrás estás el interés de los centros comerciales seguidos, lógicamente, del pequeño comercio, hostelería y hoteles, que… si hay tarta, que haya tarta para todos. Pero la génesis se remonta a la época del Imperio Romano, cuando vivió el santo al que hoy le endiñan tantos corazones y ñoñería.

San Valentín era un sacerdote que, hacia el siglo III, ejercía en Roma. Gobernaba entonces el emperador Claudio II, quien decidió prohibir la celebración de matrimonios por parte de los jóvenes varones. ¿Qué era eso de perder el tiempo en amoríos? Lo que tenían que hacer los mozos era guerrear como Zeus manda y para eso, nada de ataduras, pensó el emperador, encarnación de la AntiCelestina.

San Valentín vino a decir que… como que aquello de justo tenía poco y desafío a Claudio, quien, no acostumbrado a que le rechistasen, pues… mandó al buen sacerdote a predicar el amor en la cárcel.

Para más inri, un oficial carcelero, Asterius, quiso ridiculizar y poner a prueba a Valentín. Le retó a que devolviese la vista a una hija suya ciega de nacimiento, Julia. Valentín aceptó y en nombre de Dios… pues la hizo ver.

Ante el milagro, Asterius y su séquito familiar se convirtieron al cristianismo.

Pero, vamos, que el pobre San Valentín siguió preso. Lo martirizaron como manda la tradición de los santos y los romanos se lo quitaron de en medio el 14 de febrero del año 270.

Hasta hoy ha llegado que la joven Julia, agradecida al santo, plantó un almendro de flores rosas junto a su tumba. De ahí que el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.

En fin, que la historia del santo es bella y bonita.

La importación por España

Pero lo hermoso, si en vez de prender naturalmente se atrapa artificialmente, y encima quien lo hace es el lucro… se desvirtúa. Por eso hay un séquito humano en estas latitudes de la historia de detractores de la celebración del Día de los Enamorados: un invento comercial en España.

Los defensores del 14-f suelen tachar a los detractores de amargados, aguafiestas…

En defensa de los antisanvalentinianos diré que quién le manda a San Valentín meterse en  camisas de once varas, si igual los soldados estaban mejor sin casar, a sus cosas, a batallas menos complicadas que las del corazón. Igual el santo tenía que haberse estado quietico.

En cambio, defendiendo la guerra del amor… pues nos la ha traído a nuestros días. No hay peor contienda, que desgaste más, porque detrás no hay enemigos. Esa es la jodienda, sino demasiado amigos, entregadas marionetas del destino, víctimas de Cupido, aliado de San Valentín, al que muchos le metían sus flechas por ciertas parte. El rubicundo angelito estaba mejor haciendo calceta lo mismo que San Valentín dando misas.

Porque efectivamente el amor (de pareja) es la guerra. Y, por desgracia, hay pocos soldados que estén a la altura. Además… con lo que cansa guerrear. Un rollo, querido San Valentín. La que nos armaste.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.