Por razones de fuerza mayor, me veo obligada a comprar unos tampones de marca pija, es decir, con pedigrí, en vez de los marca Pichurrín habituales. La excepción me sirve para comprobar que, desde los tiempos del Paleolítico en que esta consumidora utilizaba los caros hasta la época actual, entregada la lista de la compra a la marca blanca, el producto ha cambiado un potosí. ¡Carayo!, si da pena hasta usarlo. Qué monada de packaging, oigan. Apetece ponerle una cadenina y llevar el támpax de colgante. Diseño: con el mandamás de la industria hemos topado. Estás demodé, terapeuta: te calcaron unos tampax de diseño. Vives en el Pleistoceno… ayyy.

Es el tiempo de las formas, el turno del envoltorio del caramelo. Con la estética hemos topado. El contenido huele a rancio y, si hay que tragarlo, que sea estético, por-fa-plis.

Empieza a fastidiarme el empleo del apellido «de diseño» para dar valor a cualquier artículo de consumo. Amén de que se está pervirtiendo el concepto para denominar a cualquier objeto de pinta dudosa (algo así como lo de llamar «abstracta» a cualquier patata de obra de arte).

Los complementos que molan para adornar nuestra anatomía han de ser de diseño. Mis vestidos no son raros (no tienes ni idea, piltrafilla): son de diseño. Ahórrate el invitarme a tu casa si los muebles y la decoración no son de diseño (espero que tus padres también lo sean; y la niña). ¿Qué a qué sabe ese plato? Tú pruébalo, verás que rico, que es de diseño. ¿Me prestas a tu novio de diseño?

Si no diseñas, deja que te diseñen. Es-teta.

#diseño

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.