El tiempo: ese bien tan preciado como el dinero -a veces, más- a la hora de hacer cosas. ¿Cómo conducirnos para estirarlo y confeccionar esa esmerada colcha patchwork ensamblando las telas del trabajo, el ocio, la familia, el estudio…? Esa agenda envidiable en la que las citas y los tiempos ¡cuadran!

Para teóricos, están los gestores del tiempo, humanos y software. En la práctica, pues está la receta que a cada un@ le vale. Para una gestión satisfactoria del tiempo propio no hace falta saber malabares. Vamos con los ingredientes básicos, luego comunes de las recetas de un@s cuant@s:

  • Ganas: ilusión, deseo, devoción, interés (todos son gemelos o al menos amigos íntimos de las ganas). Sin este ingrediente, no hay receta que valga. Llevar a la práctica eso de que «querer es poder». Si del dicho eliminamos los quereres imposibles, comprobaremos que nos quedan unos cuantos quereres posibles. ¡A por ellos!
  • Curiosidad: interés por saber, por descubrir, por enriquecernos como personas en diferentes áreas. ¡Hay tantas!
  • Agilidad: no dormirse en los laureles. No confundir con vivir a la carrera, con las prisas, el estrés, la agonía, la ansiedad y demás depredadores de la paz interior. Agilidad,  qué ingrediente tan difícil de conseguir. Escasea en el supermercado de la gestión del tiempo.
  • Remango:  resulta de añadir a la agilidad la habilidad para acometer aquello que emprendemos.  Sin remango en la vida, no vamos a ningún lado. Ni hay gestión del tiempo que valga…
Saber organizar bien la agenda personal no requiere saber malabares.

Saber organizar bien la agenda personal no requiere saber malabares.

 

  • Aprovechar las oportunidades con que de oportunidad tengan un 51%… ¡Adelante! Es el momento. No esperes otro mejor para hacer eso que tanto deseas…porque igual la oportunidad, no digo ya 100%, sino 90%,  no llega nunca.
  • Improvisar. Importante añadir «a veces» y «cuando se puede».  Dejar sitio para la improvisación. No improvisar todo de seguido, claro; que eso sería la antigestión o no gestión (bonito sueño, pero… no es de lo que estamos hablando). Improvisar requiere saber flexibilizar. No seguir la agenda de nuestra planificación personal a rajatabla para evitar dar en autómatas. Los planes improvisados ¡cuántas veces son los mejores!.
  • Control descontrolado. Quien en su vida quiere tenerlo todo bajo control, nunca será feliz, porque siempre habrá algo que se le escape. Cuadremos, engranemos planes, deberes, ideas, pero dejemos la cuerda sin apretar; que el nudo pueda deshacerse si la situación lo requiere. ¿Para qué ese control férreo? ¿Para venirnos abajo cuando una pieza del puzzle no encaja?
  • Priorizar. El día es finito. Tiene 24 horas fuera de los cuentos. Imposible trabajar 8 horas, atender a los niños, estudiar una tercera carrera, practicar 3 deportes, subir en cohete y mantener la casa como los chorros del oro. Prioricemos y recordemos que el día tiene 24 horas… Que eso de «ir a misa y tocar las campanas» no es posible.  Por suerte, la  semana tiene más horas que el día: 168. Repartamos, distribuyamos bien el tiempo entre esas actividades que hemos considerado prioritarias. A jugar con puntería en el calendario.
  • Tesón. Perseverancia, espíritu de sacrificio, voluntad. El tesón es el amigo responsable de las ganas. Meterse en mil berenjenales de los que no llega a salir berenjena es receta de tarambanas.
  • Disfrutar: de lo que uno hace. Esa sonrisa. Esa alegría de vivir. Disfrutar de parte de la agenda, al menos. Que algunas obligaciones son tan penosas que no cabe el disfrute; al menos, sobrellevémoslas con el mejor talante. ¿Para qué optimizar el tiempo si vamos a padecer esa optimización?
  • Optimismo. Siempre. Invitémoslo a este plato.

** El orden de los ingredientes es aleatorio.

 

 

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.