Sostiene el educador y escritor Ken Robinson (Liverpool, 1950) que «las escuelas matan la creatividad». Lo difundió, argumentos mediante, a través de las prestigiosas charlas TED  y su mensaje puso el dedo en la llaga del sistema educativo occidental.  Venía a decir el Sir británico que nuestras aulas fabrican clones, todos igualitos, igualdad académica que a unos alumnos cuesta más esfuerzos que a otros. En algunos niños matamos aptitudes brillantes en otras disciplinas o intereses que no van con el sistema para ajustarlos artificialmente a la horma oficial, cueste lo que cueste, sin atender a su talento natural, que puede apuntar hacia otros frentes con menos salida.

«Salida». He ahí la cuestión. Como hay que estudiar lo que tiene salida, todos los nenes tienen que darle al inglés y la informática en las extraescolares y, en lo curricular, orientarse hacia ciencias, que las humanidades ya se sabe que ‘te cierran puertas’.  Y así, siguiendo esta tendencia, pues tenemos hornadas calentitas que se van enfriando en cuanto llegan otras de licenciados en serie, al estilo fabril.

No ya fomentamos, sino ¿respetamos la creatividad de los niños?. Ilustración de  Francisco Javier Pulido Cuadrado.

«No ya fomentamos, sino ¿respetamos la creatividad de los niños?». Ilustración de Francisco Javier Pulido Cuadrado.

Estudiar música, danza, teatro y otras disciplinas artísticas, también practicar deportes (y no hablo del adocenante fútbol, que es historia aparte), se enfoca como un entretenimiento, que les permitimos en los primeros años, cuando la cosa ‘no va en serio’. Pero luego, cuando el tiempo oficial de estudio crece y absorbe al chaval, pues entonces fuera la danza, fuera la música, que hay que estudiar algo ‘serio’.

Desde luego es para darnos que pensar. Obligamos a un crío que es negado en matemáticas a que le salgan los problemas a fuerza de horas y machaque (a buen seguro acabará odiándolos) y le quitamos la música, por ejemplo, que pilla al vuelo con el mínimo esfuerzo.

¿Innovación?

Y no hace falta discernir entre materias para evidenciar este coto a la creatividad del actual sistema. Cojamos la disciplina que cojamos observaremos que la creatividad poco poquísimo se fomenta en la escuela. Si no, miremos hacia los denostados deberes, que todavía siguen vigentes sin viraje alguno décadas y décadas después. Otras metodologías, otros enfoques innovadores en la forma de absorber, aplicar y relacionar los conocimientos se echan en falta y no llegan.

Hay algunas excepciones. Bien por las metodologías que practican algunos centros -conozco alguno en educación temprana- para estimular la creatividad, preservar ese «cien» del niño del que escribió el pedagogo italiano Loris Malaguzzi (1920-1994). Ese niño que «está hecho» de «cien lenguajes, […] cien maneras de pensar, […] de sorprender, de amar», pero al que «le robaron noventa y nueve».

Son pocas las escuelas que aplican el mensaje de Malaguzzi. Y así, matando esa creatividad con que todos nacemos, pues estamos criando y fomentando mediocres. Mediocres en especialidades saturadas.

Igual a aquel niño brillante en teatro le condenamos al fracaso por empecinarnos a hacer de él un economista más, sin brillo, ramplón porque no era lo suyo. Es para pensar.

Ahora que todos los sectores están de capa caída en oportunidades, pues igual es momento para no inmiscuirse en el camino de cada cual, para que los chavales estudien carreras y oficios ‘sin salida’. Porque quizás en esas elecciones contracorriente donde ellos brillan tengan más futuro que lidiando como mediocres entre mil competidores en una actividad profesional ‘con salida’.

En fin, difícil, esto de orientar en la educación. Pero sí parece obligado, en todo caso, preservar la creatividad y no sólo como entretenimiento en la etapa infantil. Un apuesta seria en Secundaria se echa en falta. 

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.