Cuando eres niño no te equivocas. Y si te equivocas, no eres consciente de ello. Equivocación que no se nos revela, equivocación que no duele ni abre boquete. Pero, al crecer, las equivocaciones nos dicen «oye, titi, estoy aquí, soy tu equivocación» al instante de producirse… y ya no hay marcha atrás. No suelen tenerla (si son gordas).  Llegan para quedarse.

Nuestra condición de sujeto equivocado  nos tortura y machaca, si hay conciencia y/o moral de por medio. Para quien de ellas carece…. «ancha es Castilla».

Las equivocaciones gordas son clavos que atraviesan nuestra materia gris y, también la rosa y azul, y a ver quién es el carpintero que sabe sacarlos sin que el Cristo se desangre. No es fácil.

Mujer y piedras

El único Carpintero que se me antoja se dé maña en aliviar al equivocado es el autoperdón. Esa capacidad que a unos les sobra y a otros… les falta. Saber encajar las equivocaciones pasa por saber perdonarse a uno mismo. Y para eso se necesita tener la autoestima lustrosa. Eso que está tan redicho en los libros de autoayuda y las revistas femeninas, que de manoseado, suena a eslogan barato: «Quererse a un@ mism@».

La equivocación es la madre del arrepentimiento. Te equivocas-te arrepientes. De hecho, el cabrito torturador es el hijo (el arrepentimiento) más que la madre. El cabrito es el arrepentimiento destructivo (todo un Caín).

El arrepentimiento constructivo sirve para solventar el error (si es que ese error es de los que tiene remedio, que ya he dicho que para las equivocaciones gordas no hay esparadrapo). Y los dos, el arrepentimiento destructivo y el constructivo… pues deberían valer para no cometer de nuevo la misma (o similar) equivocación.

Pero ya conocen el dicho del hombre, el tropezón y la piedra….

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.