Nadie te quiere más y peor que ella. Es el segundo eslabón de una cadena agónica que se inicia en la mansedumbre y camina hacia la ira y la soledad. Una cadena cerrada: un círculo.

La presientes. Vieja conocida, te llega su aviso. No lo recoges. Tratas en vano de esquivar ese mensaje en que anuncia su llegada. No hay escapatoria. Está ahí: ya ha venido. Te resistes, luchas. Tiras de intelecto, de psicología, te abrazas a tu salud. Es inútil. Te ha agarrado por el cuello y aprieta tu garganta, pero no te deja sin aire: mantiene abierto un pequeño canal. Te quiere vivo y consciente para arrastrarte fuera de toda racionalidad, para convertirte en un guiñapo. Anular tu persona, tu autoestima. No parará de sacudirte hasta anularte. Ya está. Ha taladrado tu cabeza. Estás encogido en el suelo. Tratas de levantarte. No puedes. Surge ese regodeo en el lodo, otro viejo conocido. Sabes que estás mal, pero que el minuto siguiente será peor. Ruedas por la pendiente. No puedes parar de rodar. O no sabes. O quieres rodar muy rápido y llegar pronto al final para que el sufrimiento acabe. Tal vez al final esté el vacío. O la desintegración. No te engañes, has descendido más veces por el mismo camino y te consta que en el último punto solo hay más desesperación.

Desesperación. Sentimiento incapacitante. Intrínseco a la humanidad.

Al entregarse a ella -es difícil ganar esa lucha-, después viene la ira como antes había llegado la mansedumbre. El manso que, preso de la desesperación, empieza a sentir ira.

El horror.

Ira, rabia, enfado doloroso contra las circunstancias y/o las personas que provocaron tu desesperación. Y esa ira que proyectas contra cachitos de mundo y que a veces crece contra el mundo entero, contra segundos y terceros, te destruye más a ti que a los destinatarios. Si la desesperación te incapacita, la ira te rompe en pedazos, muerde la poca dignidad que te quedaba. Te engaña con una falsa sensación de sostenerte en pie. Antes eras un guiñapo, ahora eres un bicho impostado. Un escéptico extremo. ¿Un cínico?… Y un cobarde. Tras la ira que germina de la desesperación hay muchas veces cobardía. El valiente transforma esa desesperación en un sentimiento menos destructivo. Inteligente, no apunta con la maza contra él mismo.

Mansedumbre> Desesperación> Ira. Falta la soledad. Se la espera. Es el siguiente nudo de esta cuerda. La certeza de esa soledad universal, que se nos revela en la adolescencia, en el tránsito al joven adulto. Esa auto-comprensión de que ante la tempestad solo nos tenemos a nosotros mismos. Podrá haber asideros, pero eres tú el que tiene que asirlos. Al final, siempre está en tu mano salvarte. Estás solo. Podrá haber compañía, pero está en la capa, con suerte en la primera, no en el núcleo.

La Náusea. La migraña. El cuerpo zombi por la falta de sueño. Este flujo también factura física. Dolor por dentro, dolor por fuera. Que no te quede ninguna duda de que el contrincante da por todos los frentes.

Quizás mañana, pasado… -¿qué tiempo requiere sobreponerse?- se reiniciará el ciclo. Sigues dentro del círculo. En ese círculo agónico. Recuerda que al comienzo está la mansedumbre. Como un objeto inanimado, fluyes apacible, sosegado, tranquilo, pero muerto –recuerda que eres una piedra, una corriente, una cosa-. Aprovecha ese bálsamo robótico porque durará poco. La desesperación te espera en el siguiente eslabón. Nadie te quiere más ni peor que ella.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.