Terapia de letras

Terapia literaria

Don de novela

Cuando un@ lee ‘por autores’ y además es muy select@ a la hora de ampliar el círculo, asomar a un nuevo autor y acertar ‘a la primera’ produce el indescriptible gozo de ampliar la mimada ‘colección’  y al tiempo experimentar una sensación de plenitud mezclada con sorpresa. Alegría. Alegría la que me invadió  ya en la la primera línea de la página 9 (el tan parafraseado arranque, por cuanto contundente y prometedor, de «Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta») y se tornó en pena con la despedida al llegar a la página 403. Lo bueno siempre parece que dura poco.

Siento que Rosa Ribas y Sabine Hofmann escribieron ésta, su primera novela conjunta, pensando en mí, humilde lectora. Porque aúna todos los ingredientes que una novela deber reunir para hacer bingo en mi corazoncito lector. Por una parte el género negro (un caso de asesinato por resolver). Por otro, la localización, Barcelona. Seguimos por el momento el momento histórico:  la posguerra civil española con todos sus duros entresijos sociales. Por otra, el oficio que se retrata: el periodismo, aquel periodismo en el que había que ser buen funambulista para librar la censura sin perder la dignidad profesional.

Si en tus papilas lectoras tienes alguno de estos sensores, lánzate a por Don de lenguas (Siruela, 2013). Todavía no había citado el título.

Portada de "Don de lenguas".

Portada de «Don de lenguas».

Mientras leía me detenía en lo difícil que debe de ser escribir un libro entre dos. No es común que la narrativa la firmen dos autoras:  Rosa Ribas (Barcelona, 1963),  escritora ya con varias novelas del género negro publicadas, y su amiga de la Universidad de Frankfurt Sabine Hofmann (Bochum- Alemania, 1964). Para muchos, dos literatas imprescindibles a partir de ahora.

Sinopsis

La historia de Don de lenguas transcurre en la Barcelona de 1952. La protagonista es Ana Martí, novata cronista de sociedad de La Vanguardia, hija de un periodista desterrado por los censores del Gobierno castigador, a quien encargan cubrir el asesinato de Mariona Sobrerroca, una conocida viuda de la burguesía, su oportunidad para salir de los ecos de sociedad y escribir sobre temas serios.

El caso ha sido encomendado al inspector Isidro Castro, de la Brigada de Investigación Criminal, un árido policía de feo pasado, que tendrá que tragar con ricino que Ana cubra la investigación.

«Pero -dice la sinopsis replicada en varios portales web del ámbito cultural–  la joven periodista pronto descubrirá nuevas pistas que se apartan de la versión oficial de los hechos, y recurre a la ayuda de la eminente filóloga Beatriz Noguer para que le ayude con unas misteriosas cartas encontradas entre los papeles de la difunta. En medio de un ambiente hostil poblado de funcionarios y políticos corruptos, policías violentos, prostitutas y ladrones de buen corazón, la inteligencia y el arrojo de Ana, y los conocimientos lingüísticos y literarios de Beatriz serán sus únicas armas para resolver el caso».

Y entre pesquisas, avances y mazazos… también surge el amor. Ya veis que no le falta especia a este pesto.

Una gran novela policiaca para un gran verano. A la mochila lectora.

Julio Llamazares, lágrimas para masticar

Twitteaba yo pizpireta sobre mi reencuentro con Julio Llamazares y respondía un compañero de Facultad -hoy profesor universitario en letras, luego prescriptor- desde el desengaño adelantándome que ese pozo antaño rebosante de lluvia amarilla “se había secado”. No quise hacerle caso, pero según avanzaba (avanzo, que aún ese reducto de celulosa en peligro de extinción me mira mosca desde la mesita por lo poco que lo toco, celoso de tanta pantallita ) por las páginas de la vuelta a la novela del escritor leonés, me alineaba cada vez más con aquella frustración.

¿Será posible? ¿Llamazares ya no es el que era? Maestro para aquellos  plumillas iniciados que tiraban de la máquina de escribir caminando hacia arriba en la salmantina calle Compañía en dirección a aquellas ruidosas clases de Redacción (qué nostalgia de aquel estruendo que producía el aporreo colectivo de teclas que hoy suena a Paleolítico Inferior). Recuerdo aquella charla suya en un colegio mayor; oírle era leerle. La literatura de reloj perezoso, aquella parsimonia autorizada, poesía en la prosa. El libro bajo el brazo corriendo al autógrafo de aquel autor a cuyo encuentro íbamos cuatro gatos, autor a lo Víctor Jara.

Julio Llamazares

Entrevista a Julio Llamazares en el número 187 de la revista Qué Leer.

Dicen de los buenos cantantes que en sus discos segundos, terceros y cuartos “ya no son lo que eran”. A mí me ha pasado con muchos:  ese desencanto (véase Joaquín Sabina).  Lo mismo sucede con las partes II, III y hasta IV de las películas. El molde se hizo, se rompió y lo demás se quedó en sucedáneo.

¿Pasa esto con “Las lágrimas de San Lorenzo” 25 años después del éxito de “La lluvia amarilla”? El estilo recuerda; es innegable que es el viejo Llamazares, pero la historia sin historia propia de su prosa se queda. La laxitud nostalgicona pero terapéutica es más bien hoy un fluir sin mucha chicha.

Y mira que me duelen estas palabras decepcionadas porque lo he buscado. He buscado a mi autor entre las páginas de la prensa y las revistas de literatura. He leído entrevistas, he corrido hacia aquel ‘señor’ que me sacudió por dentro con evidencias ¡casi 20 años! Y en sus respuestas de humano lo encuentro. Sí, es él, habla como antes. Y escribe como antes por fuera, mano diestra juntando letras, cadencias  … Pero esta vez falta algo, falta algo.

Aún así paso las hojas de este libro que no siento pleno, que no me colma. Porque es de mi Llamazares. Una lee por autores, los hace suyos y los devora unas veces y los mastica otras. Ahora toca masticar. No importa, no está la carne tan dura y alimentar, alimenta.

(Entrevista en el número 187 de la revista Qué Leer: la recomiendo).