Terapia de letras

Fototerapia

Nenúfar

Desde niña siempre me atrajeron estas plantas acuáticas de cuento sobre las que se posaba el sapo que hablaba con la princesa y le ponía ojitos con la esperanza de abandonar su condición batracia (ya me entienden…). De hojas regordetas y flamantes flores de loto. Sin embargo, no recuerdo haber topado con ninguna en mi vida real (que no real vida). Fijo que me asaltó alguna en algún Jardín Botánico, pero no lo recuerdo ahora. No captó mi atención. Nenúfar.

‘Mi nenúfar’, en el camino que baja desde mi casa.

Fue en el primer paseo de indolente investigación por los alrededores al estrenar hogar que topé con ella. Al final del camino que baja desde mi casa, discreta presencia tras un matorral bajo de pinos, hay una charca en la que mora este tesoro vegetal, un manto de nenúfares que me apresa varios minutos cada vez que mi vista lo alcanza. Fenómeno, este del ensimismamiento, que conmigo no consigue ningún otro de sus congéneres del reino verde. Entiendo que los egipcios le confirieran a esta planta una dimensión sagrada y la incluyeran en sus expresiones artísticas: la flor que de día sale al encuentro del sol y repliega velas de noche. Tiene algo de maga de la serenidad. Quizá en mi nenúfar habitan las hadas.

La música: el lenguaje que les une y les diferencia

Fin de Curso  2012-2013. Escuela de Música de Viesques.

Fin de Curso Escuela de. Música de Viesques 2012-2013. Gijón.

 

Fin de curso en la Escuela de Música de Viesques (Gijón). Emoción. Sonrisas. Orgullo. Lagriminas. Compases tímidos y cohibidos en el arranque, sueltos y arropados por un público palmero al final. Música de unos chavales que empiezan y/o avanzan con nueva seguridad y un punto de coquetería y desparpajo vacilón. Guitarras, violines, bajos, voces… Hasta casi 100. Formados en la misma escuela a la que se va después del cole, con gusto pero con sacrificio, que son horas que luego hay que poner encima al estudio entrada la noche pronto en invierno.

Los padres hoy como tontos. A flor de piel. No ya por ver al crío concertista (qué típico; somos carne fácil; nos los suben a un escenario y babeamos todos y todas), sino porque la vida corrió más en esas dos horas que en el último año. Dos, tres horas, obligados a parar nuestra vorágine para no menearnos del sillón mirando hacia ellos 120 minutos. ¿Cúando les prestamos tanta atención exclusiva? Se lo merecen.

Han trabajado mucho. Y porque nosotros queremos. No lo olvidemos.

Bendita música. Edificante aprendizaje. Aunque no esté en boga curricular como el inglés o el chino. Este idioma forma el alma, alimenta la sensibilidad y engrasa los sentidos. Un lenguaje más que los niños conocen, que los une y diferencia del estudiante estándar, ése al que las disciplinas artísticas se le niegan.