Terapia de letras

Terapia Semántica

Ocho

Ocho

Mientras caminábamos hacia el día hoy, mi hija me ha contado que le gusta el número 8, su número de clase en este curso escolar.

«El ocho…», me he quedado pensando.

No el siete, no el cinco, niños bonitos en cuestión de amores numéricos y de números de la fortuna.

Y en mi mente se dibujó un 8, orondo pero con cinturita; con base sólida y cabezón. Un infinito cerrado. Un puf encima de otro. Mes de mar y arena, un ocho tumbado al sol.

Continuar

Instinto

Instinto

Tenía instinto y sabía ver las oportunidades. Tenía instinto y acertaba en sus decisiones. Actuaba por instinto. Y era humano (que no es el instinto patrimonio de animal no pensante).

¿?

Biólogos, antropólogos, psicólogos y… neurólogos (sir Freud) afirmaron que las personas carecíamos de estas pautas complejas congénitas que garantizan la supervivencia de una especie.

Los humanos tenemos pulsiones, dijo Freud, esa energía psíquica profunda que dirige la acción hacia un fin hasta alcanzarlo. Se trata de un bullicio interior, de color dinámico, influido por nuestra experiencia individual. Pulsiones de vida: el eros. Pulsiones de muerte: el thanatos.

Continuar

Palabras

Somos amigas desde que mi memoria alcanza. Desde nuestros primeros escarceos nos llevamos bien. Ellas se han dejado y yo he aprendido a juntarlas con algún acierto. De esa orgía he hecho oficio. Palabras.

Dicen que las lleva el viento, pero al aire las palabras no le interesan. Se las llevan personas sin escrúpulos, cerebrales manipuladoras, gregarias del fin que justifica medios.

Por culpa de esos individuos violadores de palabras, hemos aprendido a desconfiar de ellas y a creer solo en acciones. Hechos y no promesas. Ejecución y no poesía.  Pruebas y no compromisos.

Quienes hacemos uso blanco de las palabras entristecemos con su corrupción y desprestigio. En la era de Internet, del Whatsapp, de las redes sociales, las palabras se llenan de inmundicias, pan para un bocadillo de emoticonos, esos dibujitos perversos comodín de e-mociones.

Palabra:¿quién hoy la tiene?

Grito

Gritos que liberan, gritos para no oírnos, gritos monitorizados

«Tu ausencia me despertó
y tú no estabas.
Mi cabeza gritó,
tú la habitabas.
[…]»

(AusenciaLlueve—)

El cerebro pide al corazón que grite y el poeta del cuerpo envía la orden a nuestra garganta. De ella, en un acto consciente, emana un sonido que, a veces, libera. Aconsejan ciertos terapeutas utilizar el grito para combatir el estrés: gritar a solas en un ejercicio controlado.

Ayuda el grito a descargar adrenalina, aunque sea solo por un momento.

Gritan los hombres en tiempos gélidos y también los océanos sometidos al frío que mata. «Chirrido de los hielos de los mares glaciales al ir a quebrarse por estar sometidos a presiones» es la cuarta acepción de «grito» del Diccionario de la Lengua Española de la RAE.

Dijo Miguel de Unamuno que «los hombres gritan para no oírse». El grito al otro, el insconsciente, el que utiliza «quien no tiene qué decir», parafraseando a Jardiel Poncela, maestro del absurdo.

La enorme fuerza emocional del grito quedó magristralmente plasmada en el cuadro del mismo nombre del artista noruego noruego Edvard Munch, que nace de su atormentada vida. Obra turbadora como pocas. Ese grito infinito «que atraviesa la naturaleza».

El Grito.

El Grito.

«Paseaba por un sendero con dos amigos. El sol se puso. De repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio. Sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad. Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza» (Eduard Munch, 1892)

En la era de la rentabilidad, el grito vende. Un grito monitorizado. Algunos hoteles de vanguardia (¿snobs?) lo han incorporado a su catálogo de servicios. Algo así como «grite frente al mar, sin riego para sus cuerdas vocales, al módico precio de tracatrán; quedará como nuevo».

Si deshacernos de nuestra ansiedad, nuestros miedos, nuestra rabia, nuestro dolor antiguo actualizado fuera tan fácil, la humanidad gritaría a conciencia con conciencia. Y pagaría hasta con lo que no tiene.

 

 

Márgenes

Respetar los márgenes importa mucho. Por los márgenes transitan deseos, mejoras y asuntos pendientes. Un lugar relevante, pese al desprestigo semántico que a los márgenes les causan amigos léxicos como quedarse al margen y el propio verbo y su adjetivo, marginar, marginados.

Acurrucarse en los márgenes de la vida, marginados, puede ser inteligente, ya que no siempre es glorioso lo que llena el espacio destinado a escritura. Yo cada vez veo más pachurrio ese relleno, se lo confieso.

Maestros de la vieja escuela defienden a capa y tijera los márgenes en la redacción de exámenes. Conozco alguno buen sastre en esta exigencia: margen violado, punto quitado. Y ahí va y que te preste, que decimos en Asturias.

Margen es una de esas palabras hermosas, que se presta a la poesía y al arte de la titulación. Mujeres al margen. En el margen de la ley. Goles al margen, me viene a la cabeza el título del libro de mi amigo el periodista Chema González.

A estas alturas de la novela, me descubro cómoda en muchos márgenes de la andada, mirando a la mayoría escribir la letra del interior. En mi sitio, aunque más sola.