Como la Giganta Cereza de Carmen Gil que inundó la sabana de tanto llorar (en su caso, su soledad), hay humanos que avanzan por la vida alumbrando riadas, incapaces de controlar sus lágrimas, sea por pena, alegría y, en todo caso, emoción. Son las personas «de lágrima fácil».

Su incontinencia se manifiesta ya en la infancia: riegan con generosidad sus perretas y rebeldías contra la injusticia de los adultos y sus leyes, representando para sus progenitores auténticas tragedias griegas.

LlorandoLuego en la adolescencia y primera juventud, cada caso de desamor o amig@-rana es el fin del mundo. Y ya se sabe, si el fin del mundo llega, pues habrá que llorar: qué menos.

Es, sin embargo, en la edad adulta cuando esta especie gasta en pañuelos un potosí. Moquea ante cualquier melodía (no hace falta ni que sea buena) y película facilona, con lo que al fin de curso del nene van pertrechados con la sábana para enjuagar el torrente que, un año sí y otro también, las artes de su lebrel le producen.

En su mayor parte, se trata de mujeres que han aprendido que mejor no ponerse rimel en los acontecimientos importantes.

En Asturias, yo conozco a alguna de estas lloradoras a las que la gaita la hace especialmente polvo. Qué cruz, oigan, esto de llorar ante la belleza, entre por los ojos o por los oídos.

Emociones que se vuelven agua, una y otra vez.

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Presumimos que, con los años, esto va a peor. No tiene cura. Cuanto más viej@s, más lagrimeadores. Eso si llegan a la ancianidad y no se deshacen antes en su propia sal o se ahogan en su auto-mar.

Son buenos clientes de los fabricantes de gafas de sol, para disimular el descontrol de sus lagrimales, y nunca van a un evento sin un pañuelo de papel en el bolsillo.

Cuidado que este mal del agua se transmite de madres a hijas. Puñeterías de la genética, que ya se sabe que «todo se hereda menos la hermosura».

Estos surtidores de lágrimas, que se ponen en funcionamiento cuando cualquier estímulo externo aprieta el botón de sus emociones, practican terapia involuntaria de descarga emocional. La sabiduría popular dice que «llorar es bueno».

lloreroEsta terapeuta de palo alberga, no obstante, sus dudas sobre ello, porque detrás de esta supuesta terapia hay individuos que viven a flor de piel, hipersensibles y/0 de alma frágil.

Desde luego, si llorar es sano, estos manantiales con piernas constituyen la gloria de la Sanidad Pública.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.