A mariña lucense de Foz a Viveiro: calidad galega bruta de agua y arena

Quien busque turismo de mar y playa de calidad que marque en rojo la mariña lucense en su mapa. No he dicho sol, que eso es lotería en el Norte de España, por mucho que cacareen los abanderados de «microclimas», pero atalayas bellas de arena blanca, fina y mullida, donde hasta las esculturas de arena de los niños salen mejor, y aguas limpias y transparentes el visitante encuentra allá donde pose el pie en este trozo de costa gallega. Bastante menos laureada y, por ende, transitada por los turistas (no existe un uso turístico intensivo de este  litoral) que las mariñas coruñesa y pontevedresa. Ell@s (los turistas) se lo pierden, porque la costa de Lugo, 220 kilómetros de Ribadeo a O Vicedo, puede presumir de bien conservada: a su uniformidad se suma el hecho de que es la menos urbanizada de Galicia en su primer kilómetro.

Sirena de San Cibrao: leyenda y encanto pesquero.

Sirena de San Cibrao: leyenda y encanto pesquero.

Esta terapia de LETRAS VIAJERAS recoge, a vuela pluma, algunas impresiones del espacio marítimo comprendido entre Foz y Viveiro. Recuerdo que este website no es un blog de viajes ni lo pretende, con lo que al viajero que precise información sobre el destino, le remito a otros lares especializados de la blogosfera, que hay muchos y, algunos, muy buenos. Mi idea es compartir emociones vestidas de pistas, que prendan en el lector el deseo de la escapada a los lugares que, desde esta página, pongo en valor.

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Portugal: Concello de Odemira en el Bajo Alentejo

Creo que la próxima vez que busque destino vacacional, no me dejaré guiar por las opiniones externas, aunque sean coincidentes y provenientes de fuentes especializadas. En esto de dar con el gusto propio, nada mejor que el propio instinto cuando un@ se conoce bien a sí mismo, vaya. En algunos frentes de la vida el yo tiene las cosas muy claras. En mi caso, uno de esos frentes es el viajero que, guiada por las consultas efectuadas en varios blogs de viajes y otros websites turísticos, me llevó recientemente al concello de Odemira, distrito de Beja, subregión del Alentejo Litoral y región del Alentejo. Un destino que cumple con propósitos viajeros de sol, playa y descanso, pero que se queda flojo para quienes buscamos algo más.

Oteando la playa de Almograve.

Oteando la playa de Almograve.

Patrimonialmente la zona es bastante ligera. Te encontrarás pueblos sencillos, de aprobado, algunos incluso bonitos para foto, pero abarcables en tres minutos. Casas de reciente construcción y nula riqueza arquitectónica, bares y tiendas igualitas a tutiplén. La opinión es de alguien que adora los pueblos y las aldeas, por encima de las ciudades, allá adonde la lleve la bolsa de viaje. He pisado aldeas muy pequeñas en otros lugares que le dan mis vueltas en encanto y riqueza patrimonial a villas de mucho mayor tamaño de este bajo Alentejo.

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Bilbao: porte cosmopolita, calor vasco

En mi infancia, sin conocerla, me imaginaba Bilbao como una ciudad fea, grande y sin gracia, gris. Es la impresión que produce circular paralela a su largo contorno sin penetrarla, camino de otros lugares. Basta asomar a ella, olerla solo, para salir del error.

Hermosas viviendas las del centro de Bilbao.

Hermosas viviendas las del centro de Bilbao.

Tiene Bilbao gran personalidad en su porte cosmopolita. Bella arquitectura en edificios monumentales y hasta en los de viviendas. Elegancia vieja, armonía en las nuevas formas.

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Como en el pueblo, en ningún sitio: Las Pedrosas (Zaragoza)

Si las amapolas son de pueblo, que me busquen entre amapolas cuando toque desconexión. Los que así pensamos porque así sentimos –o al revés, dirían los psicólogos- alcanzamos una plenitud cuando asomamos por un pueblo o aldea que jamás encontraremos en la más bella y completa urbe. Esta diferencia, entre urbanitas y pro-pueblo (que lo de pueblerinos sabemos que tiene otra connotación) implica estilos distintos de vida social, cultural, de ocio.

ragoza), arteria de entrada.

Las Pedrosas (Zaragoza), arteria de entrada.

Los pueblos. Quien no tiene un pueblo, sea su hogar A o B, o el de su familia o amigos, “no sabe lo que se pierde”, me comentaba un compañero. Ciertamente. Ese conocimiento personal, esa experiencia de la vida rural, sobre todo en la niñez, nos hace ser quienes somos. Luego, no es cuestión baladí esto de si tengo o he tenido un pueblo. Conforme uno envejece, más lo comprueba. La prueba está en que quienes valoramos todo lo que nos pueblos nos dan, tratamos de acercar a nuestros hijos, nuestro tesoro, a esa cultura rural, sana, cercana, libre, simple.

Las Pedrosas

Un pueblo en mi haber reciente: Las Pedrosas, Zaragoza.  Para los que somos del norte, del paraje verde y rejuntadín del minifundio, Las Pedrosas ofrece esa postal de oasis en mitad de la vasta extensión de tierra arenosa que España derrocha por aquella latitud. En verano, el ambiente de ese lar maño es típico-tipiquísimo. Un rincón lleno de vida donde perderse en las vacaciones sin grandes pretensiones. Parque y pista deportiva donde trastear y jugar al balón o a lo que se tercie los críos, las calles justas para andar en bicicleta sin riesgo, la piscina, el chiringuito (fundamental), y la gente en la calle y compartiendo cháchara en los momentos de descanso.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Parque de Las Pedrosas.

Parque de Las Pedrosas.

No hace falta que un pueblo dibuje una bella postal paisajística para que un chaval se lo pase en él en grande. Dos minutos de parada estival en Las Pedrosas invitan a presuponer que el niño que lo tiene por su pueblo es afortunado. La niñez simple, de tierra, pelota y pequeña piscina sin grandes aderezos, deja ese poso limpio y hondo que arraiga y se transforma en recuerdo feliz en la madurez. En añoranza. Punto de recarga de baterías en el camino de la vida, destino buscado en la parada final.

Siempre el activo humano

Con todo, el mayor capital del mundo rural son sus gentes. Y de buenas gentes, simpáticas, abiertas y generosas, pues Zaragoza está servida. Ese buen fondo del maño universalmente reconocido (es de justicia) brilla en bruto en sus pueblos. En Las Pedrosas. Conquista y fideliza por lo que sus vecinos valen. Invita a pedir que a uno lo adopten. Al menos, en verano. Que los inviernos, en los pueblos… ya se sabe que son otra cosa.

as Pedrosas, agosto 2013.

Otra imagen de Las Pedrosas, agosto 2013.

Pueblos de España. Tan diferentes de norte a sur y de este a oeste y tan iguales en esencia. Como en el pueblo, en ningún sitio. Allí a soltar angustias; buscar (ojalá encontrar) la paz interior; jugar a la pelota; raspar las rodillas en bicicleta; aburrirse también, que es muy sano e inherente al verano escolar; compadrear en el bar; disolver calores y agobios en la piscina y juntar a familia y amigos en casa.

¿Las Pedrosas? Ejemplo de manual.

 

Ribadesella bella

Una de las más bellas postales marineras que Asturias brinda por su cara oriental está en Ribadesella, allá donde el río que da el nombre a esta villa besa al mar al despedirse. Pero, de imágenes bonitas Asturias está plagada. ¿Qué tiene Ribadesella de especial?

Su enclave estratégico. Cincelada para un 10 en el paisaje cantábrico. Recorrida por el Sella como una reina de las fiestas que luce su banda, dividida en dos semivillas con identidad propia (la Villa y el Picu) por el río. Coronada en las alturas por la ermita de Guía. Engalanada por su hermoso y diáfano puerto. Sus tres, cuatro calles (no más) céntricas para el paseo tranquilo sin grandes pretensiones monumentales. Su playa, Santa Marina, adonde uno viaja como escena terapéutica de sustitución de villanos pensamientos irracionales. Ese largo arenal, ribeteado de arquitectura colonial, es un regalo para el alma.

Y sus pueblos, de Meluerda a Tereñes. De Xuncu a Sebreñu. Diversos en rostro y esencia. Merece la pena perderse en ellos.

Playa de Santa Marina.

Playa de Santa Marina. Al fondo, la ermita de Guía.

Es Ribadesella para el turismo tranquilo, por mucho que en los últimos años quiera parecerse más a la exitosa y bulliciosa Llanes. Ambiente sí, para pasarlo bien, el que quieran, pero ajustado. La experiencia de años, en diferentes etapas vitales, zascandileando por esta villa, me ha permitido observar que solo x proyectos hosteleros pitan, ídem de los negocios comerciales que, abiertos de sol a sol en estas fechas, viven del turismo. Me quito el sombrero por el trabajo concienzudo y buen hacer (calidad) de la familia Aramburu (carnicería), si se me permite la publicidad, por ejemplo.

Cargue también la cartera, que este enclave del norte español no es barato.

Vista desde el Monte Corberu.

Vista desde el Monte Corberu.

De la villa siempre se ha dicho que hay más coches que personas. Ciertamente. Reniegan los viajeros y amigos de siempre del tráfico que actualmente anega sus calles y corazón rodado. A las bicicletas! Pero claro, tampoco está trazada para ser surcada en dos ruedas; mejor a pie (¡a sus zapatos, quien pueda!) Sea cual sea el medio de locomoción, del embudo del puente nadie escapa en estos días.

A los riosellanos los distinguirá por su peculiar soniquete, su acento asturiano tan difícil de emular. Ése que, cuando un paisano de otra latitud lo intenta (imitarles), pues le sale algo así como si hablara uno de Mieres desbarajustado. Un desastre de imitación.

Si quiere encajar en el ambiente de la villa-villa, cuide su aspecto. Es un guiño que le hago. Desde el cariño hacia mis gentes riosellanas les digo, que se acicalan más que en el Oviedín. No se crea que viene a un pueblo. Señoras impecables, de domingo y peluquería y niños de nido de abeja, primoroso lazo y zapatín. Son presumidos estos paisanos en el mejor de los sentidos.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Leales a su tierra y a los suyos, asturianos con raíces de roble, si aquí hace amigos, será para siempre. Las fotos que ilustran este post son de una collacia riosellana.

Visitante, no he mencionado las Cuevas. Tito Bustillo. Pleitesía obligada, pintoresco atractivo del lugar.

Con todo, aunque en el verano y otras fechas de lleno estacional este llar esté en su salsa, para perder y reencontrar el alma en este lugar, les recomiendo el invierno. Un fin de semana ramplón, ni festivo ni especial. Para recorrer la Ribadesella desvestida de turismo salvo por algún salpicón de visitantes.

Si no les pilla muy lejos… regresarán.  Recargarán pilas. Y, al menos una vez en la vida, tienen que venir a les Piragües. No hay fiesta más asturiana ;-)

 

 

Sabuesos del salitre

No hace falta ser lobo de mar, ni surfista recalcitrante, ni adicto al tueste solar para hacer del mar alimento, para llevarlo en vena y necesitarlo como un yonqui para ser uno mismo. No sé si ese mono va de serie con el nacimiento en un lugar costero, es cosa de Mendel o se cría y se desarrolla con el entrenamiento de los sentidos. Pero, por encima de poesía y tópicos, ese amor salado se revela, y se siente como rotunda certeza que nos agarra por la solapa y no nos suelta en la vida.

Piensan estos necesitados del mar que las ciudades interiores no respiran. Pueden ser hermosas, acogedoras, ricas para el alma, pero para asentar cuerpo y honduras en ellas les falta el aire que los amantes del mar precisan para hacer su fotosíntesis.

Playa del Occidente de Asturias.

Playa del Occidente de Asturias.

En verano, vacaciones de sol y playa quien se las pueda regalar, la mar se busca y se encuentra fácilmente en esta latitud sureuropea. Pero necesitar el mar no es desear un chapuzón veraniego y hacer toalla para lucir bronce. Las inhalaciones marinas el cuerpo las pide también durante el invierno. Y no digamos el alma. Habrá mayor lujo que vivir en un pueblo de mar, donde la vista pasa, en el mismo movimiento, del prado con vacas a la playa de enclave privilegiado. Ambas estampas servidas a la retina desde la misma caleya.

El mar en vena y alma

Lo decía en el arranque. Sin ser pescador, nadador con estilo o deportista marino en toda la diversidad, que es mucha, de estas disciplinas, cualquier humilde vecino de este mundo lleva un alto porcentaje de mar en su des-atlético cuerpo. Somos agua, sí. Agua de mar, algunos. La sentimos, a la gran mole que ruge y abraza, desde el vientre materno, durante el camino y nos acoge al final. Si nos alejan de ella en alguna etapa…. la mirada lagrimea y la ansiedad trepa por nosotros. Ese paseo sencillo y lujoso de domingo mañanero de invierno para asomar por la barandilla de nuestro paseo marítimo. Ese paseo que es bálsamo y desazón.

Que no nos dé vergüenza precisar el mar bien cerquita para vivir sin ser nosotros grandes marineros, que igual Alberti o Neruda nadaban como patitos. Sin nuestro mar, no seríamos lo que somos. Sabuesos del salitre, que nos busquen cerca de las olas.

 

¿Vacaciones plenas?

Desconectar. Disfrutar. Cansar. Desahogarse. Vaguear. Desfasar. Hacer el hormiga… Los enfoques de las vacaciones son múltiples y variados como nuestras mortales vidas. Todos válidos y respetables.

Apuntemos hacia el objetivo que apuntemos -el tumbing del sol y playa o la hiperactividad viajera de culo inquieto-, todas las vacaciones emanan ese halo de irrealidad, de vida prestada, que nos conmina a mantenernos en guardia, expectantes.  Vamos… que nos impide relajarnos del todo. Ojito, tú relájate, sí; dale a tu cuerpo lo que te pide y apaga tu mente o ponla a currelar solo en lo que te gusta… pero recuerda que este estado de yuppi-hei es pasajero pasejerísimo.  Hay que ser capaz de olvidar el carácter efímero intrínseco a las vacaciones para poder catarlas desde la plenitud, con alegría natural y no de la que toca.

Rincón del casco de Faro (Portugal).

Rincón del casco de Faro (Portugal).

De vez en cuando, he comprobado, también está bien cambiar de estrategia vacacional. Alternar objetivos. Por ejemplo, si eres de los que las viven como tiempo muerto, pues darle cañita al espíritu viajero. O todo lo  contrario, poner en pause el motorín de registrar nuevos lugares y culturas y entregarte a la misma arena día tras día. Ese ping-pong o te recoloca o te descoloca. Y ambas cosas están bien.

 

 

Oda estival a los pueblos leoneses (por una asturiana)

La luz. El calor. El chapoteo. La sandalia y el tirante. El sol asegurado. El verano que cumple su palabra. Los pueblos leoneses son todo eso y más para los asturianos de ayer y hoy. El abuelo cruzaba el Pajares cargao hasta las cejas con la tortilla, la pota, la muyer y  los guajes, trastos varios y una cajina de sidra (el críu igual se-y olvidaba, pero el líquido elemento…vaya, oh). Hoy viajan los nietos exactamente igual. La estampa apenas ha variado… Y, si me apuran, si lo ha hecho, pues ha sido más hacia probe. Ya saben, la recesión que llueve y no para.

Porque ahora a la tercera generación igual-y correspondía ir por el Huerna, pero quita, quita, no está la cosa para dispendios. Ta muy guapo Pajares. Sube y baja. La nevera portátil, convenientemente nutrida, porta el condumio de la familia en el maletero. No están los tiempos pa munchu restaurant.  El güelu manejaba; yera jubilau de Hunosa. El nietu ye uno de los millones de paraos que aguarden los brotes verdes… Ya lo ven, la historia se repite pero a lomos de vaca flaca.

Estampa leonesa

Estampa leonesa.

A aquellos pueblos austeros llegaben fresques en los 60 les perres de la minería y el metal, de la Asturias industrial y mineral. A hora les visitan, en relevo,  las escaseces de los desempleados. Ya no somos un turista chollo, qué le vamos a hacer. Eso de recalar con el pantalón abultau acabose. Ahora el asturianu va a León mirando por la pela. Porque no la tien.

Antes compraba una casina en un pueblu por dos pesetes. Ahora tien que ir de camping u hostalín (una noche y a funcionar).

Una pone la antena en la piscina  X del pueblo Y de León y los reencuentros de veraneantes del Principao se suceden. “Home, oh, qué tal te va”. “Bueno, ahí vamos, pillome el últimu ERE. Toi en casa desde marzo”.

… Ye lo que toca.

Pero, como antes, al asturiano metido en danzas leonesas, bañado por el sol que su tierra le niega, se transforma. Se quita la boina del cielo y se esponja. Families enteres como en los mejores tiempos del éxodo estival hacia la provincia vecina. La abuela reparte el guisu en la mesa de la piscina a fíos y nietos, que dan cuentan del platu como si fuera enero (¿quién dijo que el sol quita la gana de comer?). El tono de voz, decibelios de tres cifras. El soniquete haz pensar que son de Mieres o de la otra Cuenca, de Langreo. Bajan unos cuantos santos y engrasen el palabreru.

En fin, que ye la Asturias allegá a León de toda la vida la que pinta el fenómenos sociológico vivo en aquelles piscines y aquelles terraces.

Al calorín, al solín a tiru de piedra van los asturianos pallá de Santa Lucía.

La estampa tiene mucho de picaresca, mucho de tradición, mucho de búsqueda.

Buena gente, estos asturianos que gusten de secar en aquellos pueblos y hacer patria estival. Buena gente aquellos que los acogen con sol, vino cosechero y tierna cecina.

¿Hormigueru? Bueno, no se crean. No hay más humanidad en aquelles piscines que en San Lorenzo beach. Por ahí se anda la cosa.

¿Cuál no ye la familia asturiana que tien un pasau de escarceos veraniegos allende el puertu Payares? Cuántos abuelos compraron allí aquella casina a la que iben uno o dos meses en julio y agosto. Al mío, excursionista leonés de autobús, fartures y peña, le hubiera encantado, pero no se le logró.

Excepción de la regla ye mi padre y otros cuantos. Asturianos de esos que dicen que “ta muy guapo y muy fresquín” cuando el cielo regala nubes y hasta unes gotines en verano. Que bajo el sol, en vez de secar, se secan. De todo hay en la viña del señor.

Menda Lerenda, hija de uno y nieta de otro, híbrida de ambos, se vende a León cada vez con más alegría y frecuencia cuando el verano se olvida del Cantábrico. Aquello ye auténtico.

Las maletas del lector

A los que en vez de hacer turismo nos gusta viajar, también ejercemos de viajeros cuando recorremos una novela. Por eso al final del viaje literario, si fue bueno, pues nos quedamos con la pena de “qué poco dura lo bueno”. Pero eso sí, la experiencia, el nutriente cultural, sensorial y el ensanchamiento de la perspectiva con la que vamos por la vida, pues ya no nos los quita ni San Pito Pato.

Novelas

Mix de novelas.

Salvo que uno lea solo novelas localizadas en su ciudad (¿hay algún friki así?), apuntar hacia una nueva presa de ficción siempre es emprender un viaje geográfico allende nuestros dominios físicos. Vale que puedes escoger la obra en función de su localización, buscando descubrir nuevas tierras que igual no has pisado aún. Pero, pienso, la gracia está en obviar ese criterio (el del lugar donde la historia novelada transcurre) en la elección de la lectura y viajar aquí o allá en el mapamundi sin buscarlo y al albor del autor y su capricho. Y el de sus personajes.

Si pienso en mis autores fetiche, pues creo que la ciudad a la que más  he viajado es Barcelona. Allí me han llevado tantas veces y con tanto gozo Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Regás… y más recientemente, en los últimos años, Carlos Ruiz Zafón e Ildefonso Falcones.Luego está mi querida Castilla, tan distinta a mi tierra de arraigo y mis preferencias ambientales, pero tan a fuego grabada en mí y en mi juventud. Por supuesto, por sus pueblos y polvorientos caminos he pululado con mi Miguel Delibes; con Julio Llamazares por esas aldeas fantasma leonesas.

Sin salir de nuestra piel de toro, pues, así a bote pronto, recuerdo haber viajado a  lomos de la novela a las montañas castellonenses con la legendaria maqui La Pastora (Dónde nadie te encuentre) de Alicia Giménez Bartlett o a la Mallorca de nazis ocultos viviendo entre mieles que Clara Sánchez retrató en Lo que esconde tu nombre.

Fronteras afuera recientemente deshice  maletas lectoras en California, durante la Misión olvido de María Dueñas. Con su El tiempo entre costuras y su espía protagonista nos fuimos a Tánger, lo recuerdo. Y a Beirut con Maruja Torres femme fatal y Fácil de matar. Cruzar el charco para encontrarse con Gabriel García Márquez, Florentino Ariza, Fermina Diza y su río (Magdalena) de pandemia en El amor en tiempos del cólera fue algo que hice hace muchos años y de ese viaje siempre me acordaré.

De la tierra al papel

Otras veces el recorrido es inverso. En primer lugar acontece el viaje físico y luego al que  la novela nos conduce. Es decir, que primero nos movemos por el mundo y luego queremos saber de ese lugar a través de la literatura, sea o no de ficción. Cuántas veces hemos comprado en un museo de esos casi mitológicos por tan anhelados aquella mala traducción a modo de biografía de X autor y sus obras. Recuerdo haber adquirido en Praga un libro sobre Kafka, en Berlín una mala narración sobre la caída del muro; la historia del bombardeo de Guernika después de visitar el Museo de la Paz.  Una novela sobre Florencia de vacaciones en la ciudad del arte.

Será por viajes de papel. Van unos cuantos y los que quiero pensar que me queden.

Tengo ahora mis miras físicas de viajera en el Sur de Portugal. ¿Alguien me recomienda un autor, una buena novela que se haya escrito con escenarios en Tavira, Alvor, Ferragudo y otros enclaves imán del Algarve?