Terapia de letras

Etiqueta: viajes

Notre Dame

Llora el Sena.
Llora la Cité.
Llora el Pueblo.

Tiznado de dolor,
Quasimodo se balancea entre el fuego.
Esmeralda, gitana buena,
acuna su pena.

Sopla Nuestra Señora
y las llamas tornan en polvo,
rojo da en negro.

Alivio en la santa misa.
No hay sitio
para la alegría
en los bancos de madera.

Renacerás, Notre Dame.
Víctor Hugo,
desde las nubes,
volverá a bautizarte
en tu nueva era.

A mariña lucense de Foz a Viveiro: calidad galega bruta de agua y arena

Quien busque turismo de mar y playa de calidad que marque en rojo la mariña lucense en su mapa. No he dicho sol, que eso es lotería en el Norte de España, por mucho que cacareen los abanderados de «microclimas», pero atalayas bellas de arena blanca, fina y mullida, donde hasta las esculturas de arena de los niños salen mejor, y aguas limpias y transparentes el visitante encuentra allá donde pose el pie en este trozo de costa gallega. Bastante menos laureada y, por ende, transitada por los turistas (no existe un uso turístico intensivo de este  litoral) que las mariñas coruñesa y pontevedresa. Ell@s (los turistas) se lo pierden, porque la costa de Lugo, 220 kilómetros de Ribadeo a O Vicedo, puede presumir de bien conservada: a su uniformidad se suma el hecho de que es la menos urbanizada de Galicia en su primer kilómetro.

Sirena de San Cibrao: leyenda y encanto pesquero.

Sirena de San Cibrao: leyenda y encanto pesquero.

Esta terapia de LETRAS VIAJERAS recoge, a vuela pluma, algunas impresiones del espacio marítimo comprendido entre Foz y Viveiro. Recuerdo que este website no es un blog de viajes ni lo pretende, con lo que al viajero que precise información sobre el destino, le remito a otros lares especializados de la blogosfera, que hay muchos y, algunos, muy buenos. Mi idea es compartir emociones vestidas de pistas, que prendan en el lector el deseo de la escapada a los lugares que, desde esta página, pongo en valor.

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Portugal: Concello de Odemira en el Bajo Alentejo

Creo que la próxima vez que busque destino vacacional, no me dejaré guiar por las opiniones externas, aunque sean coincidentes y provenientes de fuentes especializadas. En esto de dar con el gusto propio, nada mejor que el propio instinto cuando un@ se conoce bien a sí mismo, vaya. En algunos frentes de la vida el yo tiene las cosas muy claras. En mi caso, uno de esos frentes es el viajero que, guiada por las consultas efectuadas en varios blogs de viajes y otros websites turísticos, me llevó recientemente al concello de Odemira, distrito de Beja, subregión del Alentejo Litoral y región del Alentejo. Un destino que cumple con propósitos viajeros de sol, playa y descanso, pero que se queda flojo para quienes buscamos algo más.

Oteando la playa de Almograve.

Oteando la playa de Almograve.

Patrimonialmente la zona es bastante ligera. Te encontrarás pueblos sencillos, de aprobado, algunos incluso bonitos para foto, pero abarcables en tres minutos. Casas de reciente construcción y nula riqueza arquitectónica, bares y tiendas igualitas a tutiplén. La opinión es de alguien que adora los pueblos y las aldeas, por encima de las ciudades, allá adonde la lleve la bolsa de viaje. He pisado aldeas muy pequeñas en otros lugares que le dan mis vueltas en encanto y riqueza patrimonial a villas de mucho mayor tamaño de este bajo Alentejo.

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Bilbao: porte cosmopolita, calor vasco

En mi infancia, sin conocerla, me imaginaba Bilbao como una ciudad fea, grande y sin gracia, gris. Es la impresión que produce circular paralela a su largo contorno sin penetrarla, camino de otros lugares. Basta asomar a ella, olerla solo, para salir del error.

Hermosas viviendas las del centro de Bilbao.

Hermosas viviendas las del centro de Bilbao.

Tiene Bilbao gran personalidad en su porte cosmopolita. Bella arquitectura en edificios monumentales y hasta en los de viviendas. Elegancia vieja, armonía en las nuevas formas.

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Como en el pueblo, en ningún sitio: Las Pedrosas (Zaragoza)

Si las amapolas son de pueblo, que me busquen entre amapolas cuando toque desconexión. Los que así pensamos porque así sentimos –o al revés, dirían los psicólogos- alcanzamos una plenitud cuando asomamos por un pueblo o aldea que jamás encontraremos en la más bella y completa urbe. Esta diferencia, entre urbanitas y pro-pueblo (que lo de pueblerinos sabemos que tiene otra connotación) implica estilos distintos de vida social, cultural, de ocio.

ragoza), arteria de entrada.

Las Pedrosas (Zaragoza), arteria de entrada.

Los pueblos. Quien no tiene un pueblo, sea su hogar A o B, o el de su familia o amigos, “no sabe lo que se pierde”, me comentaba un compañero. Ciertamente. Ese conocimiento personal, esa experiencia de la vida rural, sobre todo en la niñez, nos hace ser quienes somos. Luego, no es cuestión baladí esto de si tengo o he tenido un pueblo. Conforme uno envejece, más lo comprueba. La prueba está en que quienes valoramos todo lo que nos pueblos nos dan, tratamos de acercar a nuestros hijos, nuestro tesoro, a esa cultura rural, sana, cercana, libre, simple.

Las Pedrosas

Un pueblo en mi haber reciente: Las Pedrosas, Zaragoza.  Para los que somos del norte, del paraje verde y rejuntadín del minifundio, Las Pedrosas ofrece esa postal de oasis en mitad de la vasta extensión de tierra arenosa que España derrocha por aquella latitud. En verano, el ambiente de ese lar maño es típico-tipiquísimo. Un rincón lleno de vida donde perderse en las vacaciones sin grandes pretensiones. Parque y pista deportiva donde trastear y jugar al balón o a lo que se tercie los críos, las calles justas para andar en bicicleta sin riesgo, la piscina, el chiringuito (fundamental), y la gente en la calle y compartiendo cháchara en los momentos de descanso.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Parque de Las Pedrosas.

Parque de Las Pedrosas.

No hace falta que un pueblo dibuje una bella postal paisajística para que un chaval se lo pase en él en grande. Dos minutos de parada estival en Las Pedrosas invitan a presuponer que el niño que lo tiene por su pueblo es afortunado. La niñez simple, de tierra, pelota y pequeña piscina sin grandes aderezos, deja ese poso limpio y hondo que arraiga y se transforma en recuerdo feliz en la madurez. En añoranza. Punto de recarga de baterías en el camino de la vida, destino buscado en la parada final.

Siempre el activo humano

Con todo, el mayor capital del mundo rural son sus gentes. Y de buenas gentes, simpáticas, abiertas y generosas, pues Zaragoza está servida. Ese buen fondo del maño universalmente reconocido (es de justicia) brilla en bruto en sus pueblos. En Las Pedrosas. Conquista y fideliza por lo que sus vecinos valen. Invita a pedir que a uno lo adopten. Al menos, en verano. Que los inviernos, en los pueblos… ya se sabe que son otra cosa.

as Pedrosas, agosto 2013.

Otra imagen de Las Pedrosas, agosto 2013.

Pueblos de España. Tan diferentes de norte a sur y de este a oeste y tan iguales en esencia. Como en el pueblo, en ningún sitio. Allí a soltar angustias; buscar (ojalá encontrar) la paz interior; jugar a la pelota; raspar las rodillas en bicicleta; aburrirse también, que es muy sano e inherente al verano escolar; compadrear en el bar; disolver calores y agobios en la piscina y juntar a familia y amigos en casa.

¿Las Pedrosas? Ejemplo de manual.