La playa de las siete y media (a.m.)

Me gusta la playa de junio a las siete y media (a.m.). Los viejos de paseo se mezclan con los viejóvenes al trote. Los viejos al trote se mezclan con los viejóvenes maqueados (poca cosa, el maqueo xixonés; ya saben que tiramos a gualdrapa) camino del trabajo. Una moza estira sus músculos en la arena. Un paisano se baña en el mar.

Playa de San Lorenzo.

Playa de San Lorenzo.

La arena no es aún un hormiguero en acción. No hay niños ni perros: a unos aún les retiene la playa escolar; los otros, prubinos, son desterrados de la arena urbana en estas fechas.

Sobre la arena mojada, apenas pisadas. Cuatro, de quienes tratamos de avanzar sobre ella.

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Septiembre o «malvenido, invierno»

Corro con los pies mojados y haciendo cierre con las manos sobre la cazadora abierta. El vello del cuerpo se me eriza. Me aferro al tirante y al calzado veraniego, las piernas aún libres de medias, mientras la lluvia y el viento me escupen un avance de invierno. Las inmediaciones del colegio vuelven a ser la jungla. Se acabó la hibernación estival. El capazo de la playa me hace burla desde el maletero cuando regreso a mi cueva con ruedas.

Allá vamos, invierno.

Allá vamos, invierno.

Una vez cumplida con la re-estrenada liturgia, las hordas de madres y padres regresamos taciturnas al trabajo o a casa convirtiendo a esas horas la carretera en una M-30 de provincias. Suspiramos, resoplamos, mordemos el labio inferior, sacudimos la cabeza y encendemos el aparato musical. Mierda (perdón), tengo puesto un CD de esos maravillosos que de tanto que lo es me hace polvo. ¿Por qué no me gustará el Heavy Metal? Mística y compungida, he llegado a destino (y sin GPS; lo que hace la rutina…). Corro encogida hacia la oficina, mientras me digo que no es para tanto, que el gigante INVIERNO (porque de septiembre a junio todo es invierno, señores/as), aprieta pero no ahoga. Pero no funciona… ha empezado el duelo por la pérdida del verano y, con él, de una despreocupación relativa, de un relajo de los protocolos personales, de la luz, ¡del solín!, ¡de la playa!, del terraceo, de la inactividad escolar, de la desnudez… Verano, te quiero.

Venga, va, que solo me queda un libro por forrar, todavía no hay deberes y el fin de semana dan bueno (dicen)…. Ainssss.

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Ayer y hoy de la vuelta al cole

Verano azul

Pertenezco a esa generación de niños que se tiraban el verano sin plan alguno en la agenda, bajo la custodia de sus abuelos. Abuelos que cuidaban a los críos de 8 de la mañana a 9 de la noche (sábados incluidos), cuando acababa la jornada de mamá (porque eso de contar con papá para la guarda del crío…. son modernidades).

'Chalet con piscina, sí señor'.

‘Chalet con piscina, sí señor’.

El verano transcurría jugando semi-libres por los caminos en bicicleta, con tardes en la piscina de la vecina, bocadillos de foie gras y alguna serie en la tele. Y así día tras día. Da igual que fuese lunes que domingo. El planning no variaba mucho. La playa, ¡a tres kilómetros!, era esa gran desconocida.

El verano por montera con una de éstas.

El verano por montera con una de éstas.

Bicross de alto riesgo.

Bici-cross de alto riesgo.

Elegante pero informal en ¡la BH!

Elegante pero informal en ¡la BH!

En agosto llegaban las vacaciones de los jefes (papá y mamá). ¡Una semana! Ahí es nada. Los únicos días que se tomaban libres en todo el año (esos padres currantes, trabajadores por cuenta propia, sin concesión para el ocio) nos íbamos al pueblo. A 69 kilómetros que, sin autovía, se estiraban durante su rica horica y poco, entre vomitonas y paradas para airear en las cunetas de una hermosa carretera nacional de curva y contra-curva. Paisaje de eucaliptos grabado para siempre en mis recuerdos de guaja.

Esa semanita en la aldea con las primas y los chavales del pueblo, de pandilleo, sabía a gloria. Y traía alguna salida por los contornos, como mucho surcando carreteras hasta la Comunidad vecina. ¡Grandes viajeros! Je je. Crusoe a nuestro lao, un aficionao.

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Madres en verano (que no de verano)

Mi vida está llena de madres estupendas (empezando por la propia, que, por derecho y natura, tiene que ser la reina de la corte). Madres a las que, como a Sabina con su mes de abril, alguien les robó el verano desde que sus lebreles vinieron al mundo. Que ya no tienen verano, entendiendo por tal aquella vieja estación que llenaban con planes,  guiadas por el “primero yo,  a continuación yo y después yo”.  La agenda estival se organiza hoy por y para el lebrel.

Madres estupendas y padres estupendos, incluso mejores unos que otras, que los hay y no me gusta discriminar, pero hoy quiero hablar de las madres. De las que me tocan cerca.

Mamás que barren Internet en busca del mejor plan de tarde para el peque, al que dedican todo su tiempo libre, ese que empieza después de la jornada continua que las empresas regalan en plan caramelo a sus empleados en verano. Hoy a la playa; mañana a la Casa de Cultura; pasado a ver vaquinas en aquella granja…  Diversidad de esparcimiento para un divertimento enriquecedor para el churumbel que crece.

Para mamá, obra de artista.

Para mamá, retazo de obra de artista.

Madres que piensan que el tumbing de toalla es un deporte acuático de riesgo (ya no se acuerdan de cuando lo practicaban vuelta hacia arriba vuelta hacia abajo sobre la arena, entregadas como están ahora a correr detrás del trasto y rebozarse haciendo quesitos; que pasan ellas más tiempo a remojo que el bacalao para desalar por mor del chaval).

Madres que sufren lo que no está escrito dejando el crío en la guardería en tiempo de sol y aire fresco mientas no tocan vacances,  porque… hay que currar; no queda otra.

Madres que a finales de agosto se acuerdan de Santillana por todo menos por su belleza, mientras forran maldiciendo los tropecientos libros con los que el escolar cargará la mochila en septiembre y que a ella la dejarán desperrada. Menudas escapaditas que se habría metido ella con el coste en reloj y parné de tan desmesurado lote editorial.

Madres que pintan (y de colores, que cuesta más) 40 miniuñas ajenas ¡varias veces! entre junio y septiembre -sumando las de todas las pequeñas manos y pies que cuidan-, pero  luego lucen las suyas propias naturales porque el tiempo no estira tanto…

Y de hacer deporte, mejor ni hablamos… Salvo que por deporte se entienda sudar detrás del petardillo y transportarle y/o guiarle en medios varios, de dos, tres y cuatro ruedas, todo de seguido. Eso de frenar la fuerza de la gravedad en el cuerpo propio está fastidiao ya en invierno y más todavía en verano, sin el ‘descanso’ del cole.

Ellos, siempre ellos (y ellas).  Los diminutos, adorables tiranos, mandan en la jerarquía de prioridades de una madre en verano. Y a dar gracias. Porque si su verano está bien… pues el nuestro también.