Terapia de letras

Etiqueta: valores

Señoritos

Nació este blog para compartir algunas certezas de la vida vivida. Algunas de esas certezas te esponjan y otras te arrugan. Frente a estas últimas, las certezas chungas, no queda otra que tirar de bizarría y pateleta. El derecho a la pataleta, tantas veces reinvindicado en Terapia de Letras. Qué sería de esta terapeuta de palo sin él… Una escena costumbrista (qué pena no haber tenido cerca a Goya para inmortalizarla) contemplada a mi pesar me lleva hoy a ejercer nuevamente este derecho. O eso…. o echarle las manos al cuello al protagonista. Sin duda, escribir esta terapia resulta bastante más inocuo.

Marrano

En pleno siglo XXI (qué manoseada tenemos esta expresión), sigue habiendo señoritos en este país y sus feudos. Fíjense, hasta en la tierra del minifundio, donde esa raza no prendió tanto como en las faldas de España. Señoritos que tiran la mierda al suelo y, al verse afeados, la ponen a cubierto, para que otro la recoja. Lo peor es se jactan en voz alta de su hazaña. Líbrenos Dios de estos fracasos educativos con piernas (¿o serán patas?) que algunos de nuestros congéneres crían en sus casas. Porque tras el gesto, incívico y prepotente del marrano, veo unos progenitores de esos a los que habría que retirar los puntos del carné de padres. Vaya fiasco de hijo, vaya fiasco de padres. Líbrenos Dios, repito, de calentar esos nidos.

Si el de arriba (o el de abajo), castigan, que apunten hacia estos pijos del XXI. Si los jefes del destino aceptan sugerencias, que anoten una: que el camino lleve a los señoritos a limpiar la mierda ajena para ganarse la vida, ya verán lo que presta.

Educación, respeto y humildad hacen persona.

Si tras leer este post, piensas que tu abuela, tu madre, tu padre, se hubieran avergonzado de ti si hubieses sido la inspiración de esta historia, enhorabuena. Es que han hecho un buen trabajo.

Facha(da)

Sobre atrezos, yos, goteras y otras cosas de las pintas

Me siento lejos de la gente que prima el aspecto físico, el guardar las apariencias. Puede parecer un concepto antiguo, en tiempo de podemitas y liberación feminista, pero no lo está (desfasado). Veo a algunas personas necesitar su percha impecable para sentirse seguras, poner su autoestima en su pinta y juzgar a los demás por su facha. Líbreme Dios de colarme en ese saco.

Hablamos de...

Hablamos de…

Aplica a ese perfil de pinceles el refrán de «dime de qué presumes y te diré de lo qué careces» y acertarás en un alto porcentaje. Desconfío de las personas maduras (los chavales están eximidos, que les queda trecho para estas certezas) que compran ropa todos los meses y se avergüenzan de los suyos si no dan la pinta que su mirada exige. A menudo tras una fachada esplendorosa hay goteras. Muchos las pintan, las fachadas, y revisten para tapar carencias personales que otros valoramos por encima de la estética.

Tengo amigos y familia de toda facha. Me parece estupendo que a la gente le guste ponerse guapa. A mí también, pero no pongo en ello mi autoestima ni mucho menos el valor que concedo a los demás. No me avergüenzo de los míos porque vayan por la calle en polar ni con unos pantalones de cuando reinó Carolo. Vayamos a lo importante. ¿Eso lo es? No me lo parece. Poco hemos avanzado como personas si respondemos lo contrario.

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PaCiencia

Es reina de las virtudes. Y no me extraña. Quien sepa cultivarla tiene un tesoro de salud mental y física. Esta terapia habla de la paciencia; del latín, patientia.

La paciencia es la capacidad del ser humano para soportar contratiempos y dificultades a la espera de lograr algún bien. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar adversidades con fortaleza y sin queja.

No se confunda con pasividad ante el sufrimiento. Es fortaleza para aceptar con serenidad, sin lamentarse, el dolor y las pruebas de la vida puñetera.

Paciencia

Es un rasgo de la personalidad madura. Y de la inteligencia: las personas pacientes saben esperar con calma a que las cosas sucedan, ya que piensan que a las que no dependan estrictamente de uno, no se les debe otorgar tiempo.

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Vergüenza

Vergüenza

Vergüenza de vivir en este supuesto Primer Mundo en el que hay que dar las gracias por haber caído. Vergüenza por ser ciudadano en esta parte  -en otra no debe de ser muy distinto, porque la bola entera está hecha unos zorros-. Vergüenza de caminar en una mayoría que tiene todos los días algo que llevarse a la boca, que duerme bajo techo, que abre un grifo y sale agua. Deberíamos sentirnos afortunados, incluso alegres, por ello, pero nos embarga la vergüenza.

El drama de los refugiados sirios nos toca de cerca y copa las redes sociales, esas en las que hoy pasamos ya casi la mitad de la vida -qué digo casi….-. Por eso sacude nuestra conciencia. La mayoría de este Primer Mundo está ya acostumbrada al drama del Tercero. «Pobrecitos negritos que se mueren de hambre».  Hemos asumido su desgracia (es fácil: es ajena).  Vergonzosamente nos hemos acostumbrado a esa sinrazón.  En nuestras cabezas se ha instalado que su vida (su muerte temprana) no tiene solución… cuando la tiene.

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Revival terapéutico

Revival es la palabra que yo utilizo -ignoro si acertadamente- para referirme a aquellas citas a las que, en la madurez, acudimos con los lugares, eventos y personas de nuestro feliz pasado juvenil para rememorar aquel tiempo y revivir en el presente aquellas sensaciones y emociones en un ejercicio de fotosíntesis existencial. De un tirón, me ha salido esta definición, no sé si muy exportable o no, pero es la mía.
Los encuentros de antiguos alumnos, las fiestas del pueblo… Citas repetidas con distinta periodicidad nos ofrecen revival en el camino. Por supuesto, de la intensidad con que llamen a nuestra puerta dependerá nuestra decisión de sumarnos o no.

Revival!

Revival!

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