Septiembre: el mes de las ‘vueltas a’

Septiembre en la playa de La Ñora. Resistencia personal a  volver a las obligaciones y despedir las devociones.

Septiembre en la playa de La Ñora (Villaviciosa, Asturias). Resistencia personal a volver a las obligaciones y despedir las devociones.

Vuelta a la oficina.

Vuelta al cole.

Vuelta al invierno.

Vuelta a hacer encaje de bolillos para engranar horarios mil que pasan por uno.

Vuelta a retomar proyectos personales aparcados o iniciar propósitos.

Vuelta a la ansiedad, al vértigo.

VUELTA A LA RUTINA, maldita y bendita.

Septiembre es el mes de las vueltas a; más que enero. Enero tiene la fama y septiembre carda la lana.

Suerte en este viaje de vueltas. Vamos a necesitarla. Porque este septiembre que empieza podrá parecerse a otros previos, pero es nuevo. Único. Continuidad y comienzo: cada cuál que cargue sus tintas donde prefiera.

Adiós a las vacaciones.

Adiós al verano.

Adiós al descontrol.

Adió al “yo pospongo”.

Adiós al relajo.

ADIÓS A LA IMPROVISACIÓN, bendita, bendita y mil veces bendita.

 

Como en el pueblo, en ningún sitio: Las Pedrosas (Zaragoza)

Si las amapolas son de pueblo, que me busquen entre amapolas cuando toque desconexión. Los que así pensamos porque así sentimos –o al revés, dirían los psicólogos- alcanzamos una plenitud cuando asomamos por un pueblo o aldea que jamás encontraremos en la más bella y completa urbe. Esta diferencia, entre urbanitas y pro-pueblo (que lo de pueblerinos sabemos que tiene otra connotación) implica estilos distintos de vida social, cultural, de ocio.

ragoza), arteria de entrada.

Las Pedrosas (Zaragoza), arteria de entrada.

Los pueblos. Quien no tiene un pueblo, sea su hogar A o B, o el de su familia o amigos, “no sabe lo que se pierde”, me comentaba un compañero. Ciertamente. Ese conocimiento personal, esa experiencia de la vida rural, sobre todo en la niñez, nos hace ser quienes somos. Luego, no es cuestión baladí esto de si tengo o he tenido un pueblo. Conforme uno envejece, más lo comprueba. La prueba está en que quienes valoramos todo lo que nos pueblos nos dan, tratamos de acercar a nuestros hijos, nuestro tesoro, a esa cultura rural, sana, cercana, libre, simple.

Las Pedrosas

Un pueblo en mi haber reciente: Las Pedrosas, Zaragoza.  Para los que somos del norte, del paraje verde y rejuntadín del minifundio, Las Pedrosas ofrece esa postal de oasis en mitad de la vasta extensión de tierra arenosa que España derrocha por aquella latitud. En verano, el ambiente de ese lar maño es típico-tipiquísimo. Un rincón lleno de vida donde perderse en las vacaciones sin grandes pretensiones. Parque y pista deportiva donde trastear y jugar al balón o a lo que se tercie los críos, las calles justas para andar en bicicleta sin riesgo, la piscina, el chiringuito (fundamental), y la gente en la calle y compartiendo cháchara en los momentos de descanso.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Las Pedrosas, chiringuito en verano.

Parque de Las Pedrosas.

Parque de Las Pedrosas.

No hace falta que un pueblo dibuje una bella postal paisajística para que un chaval se lo pase en él en grande. Dos minutos de parada estival en Las Pedrosas invitan a presuponer que el niño que lo tiene por su pueblo es afortunado. La niñez simple, de tierra, pelota y pequeña piscina sin grandes aderezos, deja ese poso limpio y hondo que arraiga y se transforma en recuerdo feliz en la madurez. En añoranza. Punto de recarga de baterías en el camino de la vida, destino buscado en la parada final.

Siempre el activo humano

Con todo, el mayor capital del mundo rural son sus gentes. Y de buenas gentes, simpáticas, abiertas y generosas, pues Zaragoza está servida. Ese buen fondo del maño universalmente reconocido (es de justicia) brilla en bruto en sus pueblos. En Las Pedrosas. Conquista y fideliza por lo que sus vecinos valen. Invita a pedir que a uno lo adopten. Al menos, en verano. Que los inviernos, en los pueblos… ya se sabe que son otra cosa.

as Pedrosas, agosto 2013.

Otra imagen de Las Pedrosas, agosto 2013.

Pueblos de España. Tan diferentes de norte a sur y de este a oeste y tan iguales en esencia. Como en el pueblo, en ningún sitio. Allí a soltar angustias; buscar (ojalá encontrar) la paz interior; jugar a la pelota; raspar las rodillas en bicicleta; aburrirse también, que es muy sano e inherente al verano escolar; compadrear en el bar; disolver calores y agobios en la piscina y juntar a familia y amigos en casa.

¿Las Pedrosas? Ejemplo de manual.

 

Ribadesella bella

Una de las más bellas postales marineras que Asturias brinda por su cara oriental está en Ribadesella, allá donde el río que da el nombre a esta villa besa al mar al despedirse. Pero, de imágenes bonitas Asturias está plagada. ¿Qué tiene Ribadesella de especial?

Su enclave estratégico. Cincelada para un 10 en el paisaje cantábrico. Recorrida por el Sella como una reina de las fiestas que luce su banda, dividida en dos semivillas con identidad propia (la Villa y el Picu) por el río. Coronada en las alturas por la ermita de Guía. Engalanada por su hermoso y diáfano puerto. Sus tres, cuatro calles (no más) céntricas para el paseo tranquilo sin grandes pretensiones monumentales. Su playa, Santa Marina, adonde uno viaja como escena terapéutica de sustitución de villanos pensamientos irracionales. Ese largo arenal, ribeteado de arquitectura colonial, es un regalo para el alma.

Y sus pueblos, de Meluerda a Tereñes. De Xuncu a Sebreñu. Diversos en rostro y esencia. Merece la pena perderse en ellos.

Playa de Santa Marina.

Playa de Santa Marina. Al fondo, la ermita de Guía.

Es Ribadesella para el turismo tranquilo, por mucho que en los últimos años quiera parecerse más a la exitosa y bulliciosa Llanes. Ambiente sí, para pasarlo bien, el que quieran, pero ajustado. La experiencia de años, en diferentes etapas vitales, zascandileando por esta villa, me ha permitido observar que solo x proyectos hosteleros pitan, ídem de los negocios comerciales que, abiertos de sol a sol en estas fechas, viven del turismo. Me quito el sombrero por el trabajo concienzudo y buen hacer (calidad) de la familia Aramburu (carnicería), si se me permite la publicidad, por ejemplo.

Cargue también la cartera, que este enclave del norte español no es barato.

Vista desde el Monte Corberu.

Vista desde el Monte Corberu.

De la villa siempre se ha dicho que hay más coches que personas. Ciertamente. Reniegan los viajeros y amigos de siempre del tráfico que actualmente anega sus calles y corazón rodado. A las bicicletas! Pero claro, tampoco está trazada para ser surcada en dos ruedas; mejor a pie (¡a sus zapatos, quien pueda!) Sea cual sea el medio de locomoción, del embudo del puente nadie escapa en estos días.

A los riosellanos los distinguirá por su peculiar soniquete, su acento asturiano tan difícil de emular. Ése que, cuando un paisano de otra latitud lo intenta (imitarles), pues le sale algo así como si hablara uno de Mieres desbarajustado. Un desastre de imitación.

Si quiere encajar en el ambiente de la villa-villa, cuide su aspecto. Es un guiño que le hago. Desde el cariño hacia mis gentes riosellanas les digo, que se acicalan más que en el Oviedín. No se crea que viene a un pueblo. Señoras impecables, de domingo y peluquería y niños de nido de abeja, primoroso lazo y zapatín. Son presumidos estos paisanos en el mejor de los sentidos.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Leales a su tierra y a los suyos, asturianos con raíces de roble, si aquí hace amigos, será para siempre. Las fotos que ilustran este post son de una collacia riosellana.

Visitante, no he mencionado las Cuevas. Tito Bustillo. Pleitesía obligada, pintoresco atractivo del lugar.

Con todo, aunque en el verano y otras fechas de lleno estacional este llar esté en su salsa, para perder y reencontrar el alma en este lugar, les recomiendo el invierno. Un fin de semana ramplón, ni festivo ni especial. Para recorrer la Ribadesella desvestida de turismo salvo por algún salpicón de visitantes.

Si no les pilla muy lejos… regresarán.  Recargarán pilas. Y, al menos una vez en la vida, tienen que venir a les Piragües. No hay fiesta más asturiana ;-)

 

 

Sabuesos del salitre

No hace falta ser lobo de mar, ni surfista recalcitrante, ni adicto al tueste solar para hacer del mar alimento, para llevarlo en vena y necesitarlo como un yonqui para ser uno mismo. No sé si ese mono va de serie con el nacimiento en un lugar costero, es cosa de Mendel o se cría y se desarrolla con el entrenamiento de los sentidos. Pero, por encima de poesía y tópicos, ese amor salado se revela, y se siente como rotunda certeza que nos agarra por la solapa y no nos suelta en la vida.

Piensan estos necesitados del mar que las ciudades interiores no respiran. Pueden ser hermosas, acogedoras, ricas para el alma, pero para asentar cuerpo y honduras en ellas les falta el aire que los amantes del mar precisan para hacer su fotosíntesis.

Playa del Occidente de Asturias.

Playa del Occidente de Asturias.

En verano, vacaciones de sol y playa quien se las pueda regalar, la mar se busca y se encuentra fácilmente en esta latitud sureuropea. Pero necesitar el mar no es desear un chapuzón veraniego y hacer toalla para lucir bronce. Las inhalaciones marinas el cuerpo las pide también durante el invierno. Y no digamos el alma. Habrá mayor lujo que vivir en un pueblo de mar, donde la vista pasa, en el mismo movimiento, del prado con vacas a la playa de enclave privilegiado. Ambas estampas servidas a la retina desde la misma caleya.

El mar en vena y alma

Lo decía en el arranque. Sin ser pescador, nadador con estilo o deportista marino en toda la diversidad, que es mucha, de estas disciplinas, cualquier humilde vecino de este mundo lleva un alto porcentaje de mar en su des-atlético cuerpo. Somos agua, sí. Agua de mar, algunos. La sentimos, a la gran mole que ruge y abraza, desde el vientre materno, durante el camino y nos acoge al final. Si nos alejan de ella en alguna etapa…. la mirada lagrimea y la ansiedad trepa por nosotros. Ese paseo sencillo y lujoso de domingo mañanero de invierno para asomar por la barandilla de nuestro paseo marítimo. Ese paseo que es bálsamo y desazón.

Que no nos dé vergüenza precisar el mar bien cerquita para vivir sin ser nosotros grandes marineros, que igual Alberti o Neruda nadaban como patitos. Sin nuestro mar, no seríamos lo que somos. Sabuesos del salitre, que nos busquen cerca de las olas.

 

¿Vacaciones plenas?

Desconectar. Disfrutar. Cansar. Desahogarse. Vaguear. Desfasar. Hacer el hormiga… Los enfoques de las vacaciones son múltiples y variados como nuestras mortales vidas. Todos válidos y respetables.

Apuntemos hacia el objetivo que apuntemos -el tumbing del sol y playa o la hiperactividad viajera de culo inquieto-, todas las vacaciones emanan ese halo de irrealidad, de vida prestada, que nos conmina a mantenernos en guardia, expectantes.  Vamos… que nos impide relajarnos del todo. Ojito, tú relájate, sí; dale a tu cuerpo lo que te pide y apaga tu mente o ponla a currelar solo en lo que te gusta… pero recuerda que este estado de yuppi-hei es pasajero pasejerísimo.  Hay que ser capaz de olvidar el carácter efímero intrínseco a las vacaciones para poder catarlas desde la plenitud, con alegría natural y no de la que toca.

Rincón del casco de Faro (Portugal).

Rincón del casco de Faro (Portugal).

De vez en cuando, he comprobado, también está bien cambiar de estrategia vacacional. Alternar objetivos. Por ejemplo, si eres de los que las viven como tiempo muerto, pues darle cañita al espíritu viajero. O todo lo  contrario, poner en pause el motorín de registrar nuevos lugares y culturas y entregarte a la misma arena día tras día. Ese ping-pong o te recoloca o te descoloca. Y ambas cosas están bien.