Desesperación

Nadie te quiere más y peor que ella. Es el segundo eslabón de una cadena agónica que se inicia en la mansedumbre y camina hacia la ira y la soledad. Una cadena cerrada: un círculo.

La presientes. Vieja conocida, te llega su aviso. No lo recoges. Tratas en vano de esquivar ese mensaje en que anuncia su llegada. No hay escapatoria. Está ahí: ya ha venido. Te resistes, luchas. Tiras de intelecto, de psicología, te abrazas a tu salud. Es inútil. Te ha agarrado por el cuello y aprieta tu garganta, pero no te deja sin aire: mantiene abierto un pequeño canal. Te quiere vivo y consciente para arrastrarte fuera de toda racionalidad, para convertirte en un guiñapo. Anular tu persona, tu autoestima. No parará de sacudirte hasta anularte. Ya está. Ha taladrado tu cabeza. Estás encogido en el suelo. Tratas de levantarte. No puedes. Surge ese regodeo en el lodo, otro viejo conocido. Sabes que estás mal, pero que el minuto siguiente será peor. Ruedas por la pendiente. No puedes parar de rodar. O no sabes. O quieres rodar muy rápido y llegar pronto al final para que el sufrimiento acabe. Tal vez al final esté el vacío. O la desintegración. No te engañes, has descendido más veces por el mismo camino y te consta que en el último punto solo hay más desesperación.

Desesperación. Sentimiento incapacitante. Intrínseco a la humanidad.

Al entregarse a ella -es difícil ganar esa lucha-, después viene la ira como antes había llegado la mansedumbre. El manso que, preso de la desesperación, empieza a sentir ira.

El horror.

Leer más »

Terapia salada: mar de lágrimas o el mal del agua

Como la Giganta Cereza de Carmen Gil que inundó la sabana de tanto llorar (en su caso, su soledad), hay humanos que avanzan por la vida alumbrando riadas, incapaces de controlar sus lágrimas, sea por pena, alegría y, en todo caso, emoción. Son las personas «de lágrima fácil».

Su incontinencia se manifiesta ya en la infancia: riegan con generosidad sus perretas y rebeldías contra la injusticia de los adultos y sus leyes, representando para sus progenitores auténticas tragedias griegas.

LlorandoLuego en la adolescencia y primera juventud, cada caso de desamor o amig@-rana es el fin del mundo. Y ya se sabe, si el fin del mundo llega, pues habrá que llorar: qué menos.

Es, sin embargo, en la edad adulta cuando esta especie gasta en pañuelos un potosí. Moquea ante cualquier melodía (no hace falta ni que sea buena) y película facilona, con lo que al fin de curso del nene van pertrechados con la sábana para enjuagar el torrente que, un año sí y otro también, las artes de su lebrel le producen.

Leer más »

Malas rachas

Admiro a esas personas que se levantan una y otra vez ante la adversidad, inasequibles al desaliento. Cuando las «malas rachas» duran y duran como el conejito de Duracell pues olé por aquellos que saben mantener la esperanza, la alegría de vivir, la ilusión en vez de quebrarse una y mil veces. Porque hay varios tipos de malas rachas.

image
Las más conocidas son esas que llegan, te machacan y se van con aire fresco, dejando lozana la fruta después de haber hecho con ella papilla. «Todo pasa», «No hay mal que cien años dure», «Es una mala racha»…., te dirán tus congéneres para consolarte. Puñeterías pasajeras de la vida, podríamos bautizarlas. Luego están las malas rachas que son más largas que un día sin jamón serrano. Éstas, a su vez, se subdividen en dos tipos, de acuerdo con la experiencia vivida:

Leer más »

Psicología

Puesta en valor de una ciencia inclasificable, tan necesaria para el alma, pero hacia la que la sociedad aún mira desde el prejuicio y con suspicacias

Me gusta la psicología y la creo necesaria para vivir. Para vivir con conocimiento de causa. La considero una ciencia amiga. Amiga del alma, que eso es ser muy-muy amiga: íntima. Nos proporciona herramientas para entender nuestra compleja cabezota, para identificar esos cabritos pensamientos irracionales que tanto malestar nos generan, hasta enfermarnos en algunos momentos o etapas de la vida. Si aprendes a reconocerlos y a desmontarlos, tus emociones te lo agradecerán, porque ya se sabe que, según pensamos, según sentimos.

El puzzle de nuestra cabezota.

El puzzle de nuestra cabezota.

Esto en cuanto a psicología de terapeuta de palo, de andar por casa. Corríjanme los profesionales, alguna hay muy buena velando cerca. A ella, a su valía y luz, le debo buena parte de mi creencia y atracción hacia esa ciencia de difícil asiento de la que muchos desconfían y a la que otros tantos directamente vilipendian.

Leer más »

Equivocarse

Cuando eres niño no te equivocas. Y si te equivocas, no eres consciente de ello. Equivocación que no se nos revela, equivocación que no duele ni abre boquete. Pero, al crecer, las equivocaciones nos dicen «oye, titi, estoy aquí, soy tu equivocación» al instante de producirse… y ya no hay marcha atrás. No suelen tenerla (si son gordas).  Llegan para quedarse.

Nuestra condición de sujeto equivocado  nos tortura y machaca, si hay conciencia y/o moral de por medio. Para quien de ellas carece…. «ancha es Castilla».

Las equivocaciones gordas son clavos que atraviesan nuestra materia gris y, también la rosa y azul, y a ver quién es el carpintero que sabe sacarlos sin que el Cristo se desangre. No es fácil.

Mujer y piedras

El único Carpintero que se me antoja se dé maña en aliviar al equivocado es el autoperdón. Esa capacidad que a unos les sobra y a otros… les falta. Saber encajar las equivocaciones pasa por saber perdonarse a uno mismo. Y para eso se necesita tener la autoestima lustrosa. Eso que está tan redicho en los libros de autoayuda y las revistas femeninas, que de manoseado, suena a eslogan barato: «Quererse a un@ mism@».

La equivocación es la madre del arrepentimiento. Te equivocas-te arrepientes. De hecho, el cabrito torturador es el hijo (el arrepentimiento) más que la madre. El cabrito es el arrepentimiento destructivo (todo un Caín).

Leer más »