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«La dama de Cachemira» de Francisco González Ledesma: original asesino y alta dosis de absurdo

 La dama de Cachemira (RBA 2009; primera edición de 1986) es una extraña -mejor, especial– novela negra. No acaba de convencer,  aunque a su favor diré que si quien lee es de gusto negro tampoco podrá soltarla. Una obra perro hortelano.

Sólo por la pluma que la parió, Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), maestro del género policíaco, periodista, guionista –humanísimo hombre de letras-, bien merece esta obra una oportunidad lectora.

Portada de «La dama de Cachemira».

Portada de «La dama de Cachemira».

Un asesino en silla de ruedas en Barcelona

El escenario de La dama de Cachemira, es, por supuesto, Barcelona. En la elección del malo González Ledesma es ciertamente original: un asesino en silla de ruedas. Detrás, la pena y automática adhesión que generan mujeres vapuleadas por la vida que, pese a sus infortunios, mantienen sus sueños.

Sueñan con un hombre que las quiera como una mujer quiere que un hombre la quiera. Sueñan con viajar a lujares lejanos y exóticos. Sueños, amor y vidas marginales que, en la coctelera, producen asesinato. Capeando estos temporales, como buen equilibrista de la más sórdida Barcelona, el bueno de Méndez.

La dama de Cachemira fue Premio Mystére a la mejor novela negra publicada en 1986. Distinción para un autor que, en su precoz nacimiento literario, conquistó más quereres fuera que dentro de su país. Los tiempos de la censura franquista y la frustración de los creadores. Un hombre hecho a sí mismo. De origen humilde, madre modista y que estudió gracias al mecenazgo de su tía. Un intelectual que, cuando cosechó premios internacionales y alcanzó cotas de alta responsabilidad (fue director jefe de La Vanguardia), nunca dejó de ser un chaval del barrio de Poble-Sec.

¿Demasiada dosis de absurdo?

Los recelos avanzados al inicio de esta terapia de novela vienen de que el famoso y, en los círculos de la literatura negra, querido Méndez  -el policía protagonista- no logra establecer la complicidad esperada con el público. Demasiada la dosis de absurdo (propia del género) que el autor inyecta a Méndez y, en general, al tono de la novela.

El resultado de esa sobredosis de absurdo es que la picaresca intrínseca a este tipo de antihéroes detectivescos que protagonizan las mejores sagas de la literatura negra en España (el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán o el listísimo despojo humano de El laberinto de las aceitunas y posteriores de Eduardo Mendoza) se desvirtúa. La sonrisa que provocan éstos no acaba de llegar con Méndez.

Surrealismo muy particular en las relaciones y navegación por los bajos fondos el de Méndez. Se disuelve, se pierde la fuerza y esencia del humor que caracteriza a las novelas que siguen este esquema. El detective quiere resultar entrañable y granjearse nuestra simpatia desde esa mezcla de patetismo y alto calibre humano pero… le cuesta.  El efecto no es de alcance universal, como el que consiguen otros homólogos suyos pícaros negros.

 

 

Carme Riera y la novela negra, «Naturaleza casi muerta»

Naturaleza casi muerta  (Alfaguara, 2010). Si a uno le gusta la novela negra y Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) y se topa con este libro, dirá «¡bingo, ésta es mi lectura!». Eso fue lo que me pasó recientemente al hallar, sin buscarlo, un ejemplar en la Biblioteca Municipal. Bien, pues una vez consumido, concluyo «no exactamente». Y me explico en esta humilde reseña o compendio de impresiones que comparto en Terapia literaria.

Por una parte, si te encandila la autora, cuesta encontrar su esencia en esta obra. Por otra, si tu gusto personal por la novela negra española va por Lorenzo Silva, Andreu Martín, Manuel Vázquez Montalbán… Humm. A su lado, la incursión primera de Riera en el género se queda. Le falta. Se lee a ritmo, con interés, pero no es plena. Se nota que es la novela de, dicho con todos los respetos que esta gran literata me merece, una escritora novel. Entendámonos, que chapó las otras novelas de Riera, pero su novela negra… Que otras dan más en el corazón del género. Y menos también (y con creces; que en la novela negra hay mucha ponzoña y no es éste el caso). De hecho, la misma autora avanzó en su día, al terminarla, que no iba a hacer más novela negra porque le parecía «muy difícil». Así lo manifestó en febrero de 2012 en una entrevista en La Vanguardia.

A la escritora balear la  conocí a través de sus novelas  El verano del inglés (2006) y La mitad del alma (2004) . Esta última, me conquistó por su belleza y hondura. De hecho, la he regalado varias veces a mi gente lectora. La recomiendo en primera línea.

A la ficción desde un hecho real

Como han hecho plumas referente en el género negro español como Andreu Martín, un hecho real, la desaparición de un alumno Erasmus francés de la Universidad Autónoma de Barcelona, Romain Lannuzel, en noviembre de 2007, da pie a Carme Riera a desarrollar esta obra de ficción. En la vida real, la autora es catedrática de Literatura en esa Universidad.

Con este libro, la que es miembro de la Real Academia Española, debutó en el género policiaco. Ha sido rigurosa en seguir las reglas del juego del género, así reconocido por el mismo Andreu Martín. Riera admitió que escribir esta novela fue lo más difícil que había hecho hasta el momento, ya que uno «no se puede saltar las normas del género».

Portada de "Naturaleza casi muerta."

Portada de «Naturaleza casi muerta.»

De esta novela han dicho los críticos y novelistas de lo negro en España que «guarda muy bien la intriga y la tensión», de principio a fin. Lo suscribo.

Crítica social

Aprovecha Carme Riera la trama para mandar mensajes a una Universidad española que piensa que está «fatal» porque «no apuesta por la investigación». Los hechos de ficción coinciden con las protestas contra el Plan de Bolonia que hubo en 2008, un plan que Riera cree que es un desastre. «Estoy absolutamente en contra; se ha rebajado mucho el nivel de la enseñanza», afirmó en su día.

Para escribir esta novela, Riera se pasó dos años leyendo a los mejores del género, entre ellos a Donna Leon, Camilleri, Mankel y a Larsson, cuya famosa trilogía Millennium no le gustó: «Hay mucha paja en sus novelas». Esta aseveración me sorprende muchísimo, por mi personal coincidencia; humilde lectora, la suscribo. Pensaba que era yo un bicho raro, ya que esa trilogía ha encandilado a lectores de todo pelo de todo el mundo. Bueno, pues resulta que también hay detractores de Millenium y detractores autorizados de alta pluma.

Riera sigue la estela de Lorenzo Silva al romper el viejo tópico de que tenemos fuerzas de seguridad casposas y aún bajo la estela franquista (en esta novela, se retratan los Mossos de Esquadra). El personaje de la subinspectora Manuela Vázquez (un guiño a Vázquez Montalbán) es licenciada en Psicología, por ejemplo. Personajes cultos que nada tienen que ver con una imagen bruta de guardia civiles y policías de otros tiempos.

Para escribir la novela, Riera hizo trabajo de campo en la policía autonómica catalana y se quedó asombrada del «nivel de los agentes». Algunos con carreras, varios idiomas y «encantadores», según comprobó la autora.

Una última puntilla. Como comunicadora, al titular de la novela observo que le falta gancho. El titular está justificado después de que uno la lee, pero me parece bastante mejorable.

 

Don de novela

Cuando un@ lee ‘por autores’ y además es muy select@ a la hora de ampliar el círculo, asomar a un nuevo autor y acertar ‘a la primera’ produce el indescriptible gozo de ampliar la mimada ‘colección’  y al tiempo experimentar una sensación de plenitud mezclada con sorpresa. Alegría. Alegría la que me invadió  ya en la la primera línea de la página 9 (el tan parafraseado arranque, por cuanto contundente y prometedor, de «Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta») y se tornó en pena con la despedida al llegar a la página 403. Lo bueno siempre parece que dura poco.

Siento que Rosa Ribas y Sabine Hofmann escribieron ésta, su primera novela conjunta, pensando en mí, humilde lectora. Porque aúna todos los ingredientes que una novela deber reunir para hacer bingo en mi corazoncito lector. Por una parte el género negro (un caso de asesinato por resolver). Por otro, la localización, Barcelona. Seguimos por el momento el momento histórico:  la posguerra civil española con todos sus duros entresijos sociales. Por otra, el oficio que se retrata: el periodismo, aquel periodismo en el que había que ser buen funambulista para librar la censura sin perder la dignidad profesional.

Si en tus papilas lectoras tienes alguno de estos sensores, lánzate a por Don de lenguas (Siruela, 2013). Todavía no había citado el título.

Portada de "Don de lenguas".

Portada de «Don de lenguas».

Mientras leía me detenía en lo difícil que debe de ser escribir un libro entre dos. No es común que la narrativa la firmen dos autoras:  Rosa Ribas (Barcelona, 1963),  escritora ya con varias novelas del género negro publicadas, y su amiga de la Universidad de Frankfurt Sabine Hofmann (Bochum- Alemania, 1964). Para muchos, dos literatas imprescindibles a partir de ahora.

Sinopsis

La historia de Don de lenguas transcurre en la Barcelona de 1952. La protagonista es Ana Martí, novata cronista de sociedad de La Vanguardia, hija de un periodista desterrado por los censores del Gobierno castigador, a quien encargan cubrir el asesinato de Mariona Sobrerroca, una conocida viuda de la burguesía, su oportunidad para salir de los ecos de sociedad y escribir sobre temas serios.

El caso ha sido encomendado al inspector Isidro Castro, de la Brigada de Investigación Criminal, un árido policía de feo pasado, que tendrá que tragar con ricino que Ana cubra la investigación.

«Pero -dice la sinopsis replicada en varios portales web del ámbito cultural–  la joven periodista pronto descubrirá nuevas pistas que se apartan de la versión oficial de los hechos, y recurre a la ayuda de la eminente filóloga Beatriz Noguer para que le ayude con unas misteriosas cartas encontradas entre los papeles de la difunta. En medio de un ambiente hostil poblado de funcionarios y políticos corruptos, policías violentos, prostitutas y ladrones de buen corazón, la inteligencia y el arrojo de Ana, y los conocimientos lingüísticos y literarios de Beatriz serán sus únicas armas para resolver el caso».

Y entre pesquisas, avances y mazazos… también surge el amor. Ya veis que no le falta especia a este pesto.

Una gran novela policiaca para un gran verano. A la mochila lectora.