Asturies: economía de estaciones

«La primavera, la sangre altera». Aquí arriba los únicos que nos alteramos somos nosotros porque la primavera no viene.

La estación ansiada pasa de largo por estas latitudes. Ya lo decía mi güela: n’Asturies, del invierno pasamos directamente al verano. Ansina ye.

La parte positiva de esta ausencia es que nos libramos de la astenia primaveral, la depre y otras chungueras que la de Vivaldi trae consigo para algunos congéneres. En la astenia —eufemismo de «flojera», de «tar gachucu»— no caeremos, pero, en su lugar, nos entra una mala H con este plantón que la primavera nos da….

Primavera en el NortePrimavera en el Norte.

Ahí estamos todos volviendo a sacar el abrigu (que ya habíamos retirado hasta el invierno siguiente) con ese rayín de sol que nos cameló con su rácana caricia. Anda que no somos bobonos ni na por aquí arriba.

Yo creo que a los guajes, en la clase de Llingua, o en la de Cultura asturiana, teníen que enseñay-os que aquí no hay más que tres estaciones: Branu, Seronda e Iviernu.

Y, si me apuráis, y ayúdame el cambiu climáticu a reforzar esto que digo, na más que dos: Branu e Iviernu y puntu pelota.

Somos así de chulos.

Otras reflexiones sobre la primavera en terapia de letras:

Rollito primaveral

 

Certeza azul oscuro

Timonela involuntaria y sin carnet, todos los días se echaba a la mar con su carga de miedos, frustraciones, penas…Todos bien atados para lanzarlos al agua, a mitad de jornada, en el punto más hondo.

Y así un día. Y otro. Y otro.

De regreso a tierra, atracada ya en puerto, iniciaba a pie el camino hacia casa. Había soltado su desazonador lastre, lo había visto desaparecer hasta hundirse entre las olas, pero no se sentía ligera. Se sentía vacía. En pie después de la tempestad, pero marcada por las huellas tentaculares de la sacudida.

Azul

La mirada costosa, el peso sobre las pestañas. Los sentidos adormecidos. El alma de resaca. El dolor extendido, difuso. Las manos con hormigas. Todavía en la cueva del mundo sensible, en las sombras de Platón.

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Rollito primaveral

«En todas las cabezas se cuecen habas y en la mía a cucharadas». La primavera convierte esas testas torcidas (por cuanto que complicadillas y un punto masocas) en fabadas merecedoras de premio gastronómico. Ayyy…. qué hermosa estación. No es oro todo lo que florece en esta poética fecha.

Hay escritos carros y carretas sobre los efectos psicológicos de la primavera. Los cambios climáticos y de horarios que traen estos meses producen cambios en las áreas cerebrales que regulan los estados de ánimo y la voluntad, la temperatura, los procesos de sueño y vigilia, el apetito, la sed y la vitalidad de las personas. ¡Casi nada! Nuestro equilibrio psicosomático puede irse al garete en un periquete por gracia del solete, los días largos, el calorín y el ambiente happy-fllower circundante.  De ahí, que usted se encuentre triste, sin hambre (o famélico) o de un mal café que pa-qué. Échele la culpa a la primavera, que… pasará. Depresión o astenia primaveral: qué majica.

¿Depresivo?

¿Depresivo?

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El ‘encanto’ de la nieve

Que alguien encienda el sol y derrita la nieve que nos cubre y hasta nos rellena como pavos de película americana.

Añoranza de calorcito, de luz, que ponga en marcha (con gana) la maquinaria del cuerpo, que estos días pesa más que las calderas industriales. Ese frío que nos abotarga y paraliza…

A algun@s el manto blanco los lanza a la montaña, equipo y parafernalia mediante (cartera también), llenos de euforia y energía… A otr@s solo les invita a quedarse en casa. No hay abrigo que nos parapete de la gelidez interior que imprime este tiempo.

Yo, mejor calentito aquí dentro.

La rutina diaria se vuelve cuesta arriba cuando el termómetro baja. Bendito sur, afortunados sureños.

El cuello y los hombros se cargan de sostener tanta capa de indumentaria. Duele recordar la caricia del sol que se fue.

Las redes sociales se plagan de bucólicas estampas de pueblos blanqueados por efecto climatológico. «¡Ooooh, qué bonito!»… y qué frío y qué poco práctico.

Sueña la niña de ciudad poco visitada por la nieve con hacer el muñeco del cuento. Dichoso el adulto que conserve esa ilusión. Yo estos días solo siento frío y morriña de sol.

¿Soy la única que no le ve el encanto a la nieve por ningún sitio?

Sanabria, visita acuática y monumental

Históricamente los asturianos tiramos de Pajares (o de Huerna, desde que la autopista existe) y ponemos rumbo a León cuando el cielo nos regala una de esas preciosas boinas con la que acostumbra a vestirse en verano por estas latitudes nórdicas. Valencia de Don Juan, Boñar o, más cerquita, Villamanín, Pola de Gordón o incluso ¡La Robla! (denme un emoticono con cara de espanto). Se nos olvida que, a una horita y pico largo en el peor de los casos, tenemos otra opción de sol y secano requete-muy apetecible. Hablo de la comarca de Sanabria, en la vecina Zamora.

Castillo de los Condes de Benavente, del siglo XV,

Castillo de los Condes de Benavente, del siglo XV,

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Portugal: Concello de Odemira en el Bajo Alentejo

Creo que la próxima vez que busque destino vacacional, no me dejaré guiar por las opiniones externas, aunque sean coincidentes y provenientes de fuentes especializadas. En esto de dar con el gusto propio, nada mejor que el propio instinto cuando un@ se conoce bien a sí mismo, vaya. En algunos frentes de la vida el yo tiene las cosas muy claras. En mi caso, uno de esos frentes es el viajero que, guiada por las consultas efectuadas en varios blogs de viajes y otros websites turísticos, me llevó recientemente al concello de Odemira, distrito de Beja, subregión del Alentejo Litoral y región del Alentejo. Un destino que cumple con propósitos viajeros de sol, playa y descanso, pero que se queda flojo para quienes buscamos algo más.

Oteando la playa de Almograve.

Oteando la playa de Almograve.

Patrimonialmente la zona es bastante ligera. Te encontrarás pueblos sencillos, de aprobado, algunos incluso bonitos para foto, pero abarcables en tres minutos. Casas de reciente construcción y nula riqueza arquitectónica, bares y tiendas igualitas a tutiplén. La opinión es de alguien que adora los pueblos y las aldeas, por encima de las ciudades, allá adonde la lleve la bolsa de viaje. He pisado aldeas muy pequeñas en otros lugares que le dan mis vueltas en encanto y riqueza patrimonial a villas de mucho mayor tamaño de este bajo Alentejo.

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La fuente de Sebreñu

De chorro del hogar a punto en la ruta del encanto rural pasando por imán agreste para una niña en bicicleta

Vacaciones.  Se acabó el cole. ¡Al pueblo! Quien no ha tenido un pueblo en su infancia ¿ha tenido infancia? Prao para esparcer y otros verdes compañeros, la pandilla de retoños de oriundos emigrados que retorna en verano, ¡los primos!…. Y una bicicleta. Con bici en tu pueblo eras el rey o la reina del mambo: ¡los caminos por montera! A descubrir y coleguear.

Y la fuente. Allí abajo, enfrente de la casa familiar, bajando un camino sin asfaltar. Atracción agreste, imán. Los tragos allí saben mejor que el vaso de agua que se pide al adulto en la cocina. Porque incluye paseo, parafernalia, encuentro e implica imaginación. Allí bajaban mi padre y mis tíos a cargar los cubos para el aseo y la intendencia doméstica cuando el agua no salía alegremente del grifo de casa. Y no hace tanto de eso.

Fuente de Sebreñu

La rehabilitada fuente de Sebreñu inaugurada el pasado 29 de junio de 2014.

La fuente, testigo de amistades, primeros amores, muro de pensamientos.

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Dolores Redondo y el negro valle de Baztán

Nueva novelista al buche lector. Su nombre es Dolores Redondo y es autora de laTrilogía del Baztán.  Esta TERAPIA LITERARIA surge tras leer el primer título del trío, «El guardián invisible» (Destino, 2013), mi primer encuentro con la escritora donostiarra asentada en Navarra. Allí, en el valle nórdico de Baztán transcurre la historia negra de esta obra. Llegué a sus páginas proactivamente, y después de pasar por caja, atraída por la lectura de una entrevista a la autora publicada en la revista Qué Leer  hace unos meses ya.  Aquella ventana abierta a la escritora, entonces para mí desconocida, excitó mi curiosidad; tuve la intuición de que iba a gustarme lo que esos libros contaban. Recién catado el primero, la intuición se ha tornado constatación y, al gusto por lo que se cuenta, añado el de cómo se cuenta. Luego concluyo: flechazo con Dolores Redondo y su negra. Un jugoso descubrimiento.

Portada de «El guardián invisible».

Portada de «El guardián invisible».

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Teverga, escapada con historia y naturaleza para dar en la diana

Es Teverga diana para una escapada familiar completa: historia y hasta prehistoria (véase el controvertido museo), arte arquitectónico (Colegiata de San Pedro de Teverga), rutas de naturaleza (enclave orográfico privilegiado;  Senda del Oso).

La oferta gastronómica y de bares hay que admitir que va justita, aunque hay establecimientos con encanto y loable trato, como La Tasquina, en la capital del concejo, San Martín de Teverga. Luego existe algún lugar de comidas que tiene la fama pero no carda la lana, como Casa Laureano (al menos, la experiencia de estas LETRAS VIAJERAS dejó mucho que desear en ese lugar al que acudimos por recomendación).

Teverga, Pueblo Ejemplar.

Teverga, Pueblo Ejemplar.

También está el, digámoslo claramente, morbillo de conocer las «momias de Teverga», que no son sino los cadáveres milagrosamente momificados (por lo que se infiere de las explicaciones de la guía) de Pedro Analso de Miranda, Abad de la Colegiata y de su padre el Primer Marques de Valdecarzana, que reposan en la Colegiata y reposarán, porque sacarlos de sus dominios pondría en riesgo su conservación.

Momias de Teverga.

Momias de Teverga.

Antaño minera, Teverga es hoy turismo y poco más. Añadir «servicios» sería mucho añadir en una capital donde no está presente ninguna de las principales cadenas alimentarias, por ejemplo. Hay aldeas con mejores infraestructuras que San Martín.

«Teverga, Pueblo Ejemplar»: recuérdenlo. Aún hay carteles, lazos engalanando barandillas y otros detalles – placa sobre piedra incluida- que recuerdan la reciente efeméride principesca.

Busto homenaje a Ramón Argüelles, ex alcalde de Teverga.

Busto homenaje a Ramón Argüelles, ex alcalde de Teverga.

Si la poderosa y odiada, por cuanto abusona (recordemos el derecho de pernada que ejercieron sobre la población, por ejemplo) familia  de Miranda, levantase la cabeza, ¿se sorprendería de la evolución de sus propiedades? Ostentaron el marquesado y dominaron el valle de Valdecárzana y trataron de controlar todo el territorio. Este linaje desapareció en 1834.

Exterior de la Colegiata de San Pedro de Teverga.

Exterior de la Colegiata de San Pedro de Teverga.

Montañas, fuertes pendientes. Valles. Rutas y paisajes divinos. Caminantes, cicloturistas y otros deportistas de fin de semana tienen en Teverga parada y fonda. Varias rutas tejen nudos en el concejo y para los ruteros poco profesionales, pues está la Senda de Paca y Tola, que tanto ha dado a la zona, pero que en noviembre de 2013 está de capa caída, como el resto de la región y el país.

Especial es la visita guiada a la Colegiata. Prerrománico; construida antes del año 1096. Hermosa por fuera, pero más por dentro. Riqueza de canecillos, capiteles… el parcheado claustro. La atracción de los avatares de su historia. Su interrumpida restauración. Y, por supuesto, las momias, de efecto imán con los niños.

Canecillos de la Colegiata.

Canecillos de la Colegiata.

Claustro de la Colegiata.

Claustro de la Colegiata.

Hablar de Teverga obliga a hacerlo del joven Parque de la Prehistoria. Pienso que hay que conocerlo, pese al contrasentido intrínseco a su naturaleza. No deja de ser surrealista estar visitando en su «Cueva de Cuevas» Tito Bustillo y Candamo, cuando los tenemos a tiro de piedra… En fin.  Sus promotores sabrán. Quedémonos con la parte bondadosa; si  dinamiza al concejo y funciona como punto de atracción y foco emisor de cultura y educación, pues bienvenido sea. Desde luego el equipamiento es bello, asequible, activo y abarcable en familia. Aparte sus limitaciones naturales (el contenido es todo artificio), pues cumple.

¿Alojamiento? Hay una oferta maja. Es de justicia hacer publicidad a quien bien te trata y se entrega a su oficio: El Balcón de Agüera, a la entrada de San Martín de Teverga, es una buena opción; se lo recomiendo. Gracias a su gestor, pudimos disfrutar de las actividad de ocio y deporte del programa turístico «Disfruta Teverga».

¿Ambiente nocturno y de bares? Pues, como insinuábamos al principio, más bien poco poquito. No es un sitio para irse de fiesta.  Pueblos asturianos más pequeños que San Martín de Teverga tienen mejor oferta en ese frente.

No nos dio tiempo a confirmar o desmentir la ejemplaridad de este pueblo, pero sí lo disfrutamos. Con todas estas puntadas, concluyo: «Escapada recomendable».

Canecillos de la Colegiata.

Recordatorio del Premio Príncipe de Asturias 2013 «Pueblo Ejemplar».

 

Libélula con varita

Pruebe a escribir «Libélula» en el amigo Google. El buscador le devolverá grupos de teatro, nombres de canciones, concursos fotográficos y otras manifestaciones artísticas. El elegante insecto estimula bautizos por doquier en el mundo de la cultura… Por algo será.

Antigua, animal con solera.

Inofensiva con sus insignificantes  (léase «humanos»), depredadora de contrincantes de altura.

Piloto veloz y de precisión (ya quisieran los helicópteros).

Hermosa y exótica.

Buena moza (ocho centímetros sin tacones; en la NBA de los bichos).

Gusta de la cercanía del agua y el calorcito (invierno para quien lo quiera).

Mal llamada por ignorancia biológica «Caballito del diablo», por confusión son sus primas hermanas, esas «Señoritas».

 

Libélula

Libélula: «Anax Imperator».

Un prodigio de insecto, vaya. Me lo pido si me proponen una reencarnación invertebrada.

Desde el verano una «anisóptera» -que es como con menos encanto pero más rigor la libélula se llama- planea por mi jardín. Deduzco que es la misma, encantada con este largo estío que la Presidencia del clima nos ha regalado al Cantábrico este año. El pasado fin de semana me acompañó mientras lavaba el coche (yo; la libélula es amiga, pero no tanto).

Su tamaño invita a no acortar la distancia, pero su belleza, comportamiento y artes aeronáuticas se revelan irresistibles encantos ante los que sucumbes. Y sonríes reconfortada. Has visto pasar ese hada que te entrega un segundo de ingravidez, de insustancialidad, de fuera de órbita. Teletransportada al «Érase una vez…»

Y me acuerdo de mi nenúfar, que también está al lado.