Anti-futboleros o «haciendo amigos»

Pueden autoengañarse si lo desean, pero el espectáculo del fútbol no es más que un negocio que enriquece a unos pocos y empobrece aún más, por dentro y fuera, a las masas pobres

Si en mi ciudad existiese una famosa entidad dedicada al encaje de bolillos, con miles de seguidores y enorme arraigo local, que saltase a más altura social, sinceramente me daría igual [la hay;  que no me afeen esas señoras el ejemplo]. ¿Por qué? Pues porque quien desde aquí bloguea pasa amplísimamente del encaje de bolillos. Lógica esta expresión de desapego y, por tanto, fácil de entender. Pues el mismo razonamiento puede aplicarse para explicar mi indiferencia ante la subida ayer del Sporting de Gijón a primera división. Mentiría si dijese que me hace feliz o que me alegra la pestaña. NI frío ni calor, solo estupefacción, una vez más y hasta que me muera, ante el fervor que el espectáculo futbolístico (no me lo llamen deporte, porque de lo que estamos hablando no lo es) desata en la gente de todo pelo.

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