La playa de las siete y media (a.m.)

Me gusta la playa de junio a las siete y media (a.m.). Los viejos de paseo se mezclan con los viejóvenes al trote. Los viejos al trote se mezclan con los viejóvenes maqueados (poca cosa, el maqueo xixonés; ya saben que tiramos a gualdrapa) camino del trabajo. Una moza estira sus músculos en la arena. Un paisano se baña en el mar.

Playa de San Lorenzo.

Playa de San Lorenzo.

La arena no es aún un hormiguero en acción. No hay niños ni perros: a unos aún les retiene la playa escolar; los otros, prubinos, son desterrados de la arena urbana en estas fechas.

Sobre la arena mojada, apenas pisadas. Cuatro, de quienes tratamos de avanzar sobre ella.

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Verano azul

Pertenezco a esa generación de niños que se tiraban el verano sin plan alguno en la agenda, bajo la custodia de sus abuelos. Abuelos que cuidaban a los críos de 8 de la mañana a 9 de la noche (sábados incluidos), cuando acababa la jornada de mamá (porque eso de contar con papá para la guarda del crío…. son modernidades).

'Chalet con piscina, sí señor'.

‘Chalet con piscina, sí señor’.

El verano transcurría jugando semi-libres por los caminos en bicicleta, con tardes en la piscina de la vecina, bocadillos de foie gras y alguna serie en la tele. Y así día tras día. Da igual que fuese lunes que domingo. El planning no variaba mucho. La playa, ¡a tres kilómetros!, era esa gran desconocida.

El verano por montera con una de éstas.

El verano por montera con una de éstas.

Bicross de alto riesgo.

Bici-cross de alto riesgo.

Elegante pero informal en ¡la BH!

Elegante pero informal en ¡la BH!

En agosto llegaban las vacaciones de los jefes (papá y mamá). ¡Una semana! Ahí es nada. Los únicos días que se tomaban libres en todo el año (esos padres currantes, trabajadores por cuenta propia, sin concesión para el ocio) nos íbamos al pueblo. A 69 kilómetros que, sin autovía, se estiraban durante su rica horica y poco, entre vomitonas y paradas para airear en las cunetas de una hermosa carretera nacional de curva y contra-curva. Paisaje de eucaliptos grabado para siempre en mis recuerdos de guaja.

Esa semanita en la aldea con las primas y los chavales del pueblo, de pandilleo, sabía a gloria. Y traía alguna salida por los contornos, como mucho surcando carreteras hasta la Comunidad vecina. ¡Grandes viajeros! Je je. Crusoe a nuestro lao, un aficionao.

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Sabuesos del salitre

No hace falta ser lobo de mar, ni surfista recalcitrante, ni adicto al tueste solar para hacer del mar alimento, para llevarlo en vena y necesitarlo como un yonqui para ser uno mismo. No sé si ese mono va de serie con el nacimiento en un lugar costero, es cosa de Mendel o se cría y se desarrolla con el entrenamiento de los sentidos. Pero, por encima de poesía y tópicos, ese amor salado se revela, y se siente como rotunda certeza que nos agarra por la solapa y no nos suelta en la vida.

Piensan estos necesitados del mar que las ciudades interiores no respiran. Pueden ser hermosas, acogedoras, ricas para el alma, pero para asentar cuerpo y honduras en ellas les falta el aire que los amantes del mar precisan para hacer su fotosíntesis.

Playa del Occidente de Asturias.

Playa del Occidente de Asturias.

En verano, vacaciones de sol y playa quien se las pueda regalar, la mar se busca y se encuentra fácilmente en esta latitud sureuropea. Pero necesitar el mar no es desear un chapuzón veraniego y hacer toalla para lucir bronce. Las inhalaciones marinas el cuerpo las pide también durante el invierno. Y no digamos el alma. Habrá mayor lujo que vivir en un pueblo de mar, donde la vista pasa, en el mismo movimiento, del prado con vacas a la playa de enclave privilegiado. Ambas estampas servidas a la retina desde la misma caleya.

El mar en vena y alma

Lo decía en el arranque. Sin ser pescador, nadador con estilo o deportista marino en toda la diversidad, que es mucha, de estas disciplinas, cualquier humilde vecino de este mundo lleva un alto porcentaje de mar en su des-atlético cuerpo. Somos agua, sí. Agua de mar, algunos. La sentimos, a la gran mole que ruge y abraza, desde el vientre materno, durante el camino y nos acoge al final. Si nos alejan de ella en alguna etapa…. la mirada lagrimea y la ansiedad trepa por nosotros. Ese paseo sencillo y lujoso de domingo mañanero de invierno para asomar por la barandilla de nuestro paseo marítimo. Ese paseo que es bálsamo y desazón.

Que no nos dé vergüenza precisar el mar bien cerquita para vivir sin ser nosotros grandes marineros, que igual Alberti o Neruda nadaban como patitos. Sin nuestro mar, no seríamos lo que somos. Sabuesos del salitre, que nos busquen cerca de las olas.