Terapia de letras

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Vergüenza

Vergüenza

Vergüenza de vivir en este supuesto Primer Mundo en el que hay que dar las gracias por haber caído. Vergüenza por ser ciudadano en esta parte  -en otra no debe de ser muy distinto, porque la bola entera está hecha unos zorros-. Vergüenza de caminar en una mayoría que tiene todos los días algo que llevarse a la boca, que duerme bajo techo, que abre un grifo y sale agua. Deberíamos sentirnos afortunados, incluso alegres, por ello, pero nos embarga la vergüenza.

El drama de los refugiados sirios nos toca de cerca y copa las redes sociales, esas en las que hoy pasamos ya casi la mitad de la vida -qué digo casi….-. Por eso sacude nuestra conciencia. La mayoría de este Primer Mundo está ya acostumbrada al drama del Tercero. «Pobrecitos negritos que se mueren de hambre».  Hemos asumido su desgracia (es fácil: es ajena).  Vergonzosamente nos hemos acostumbrado a esa sinrazón.  En nuestras cabezas se ha instalado que su vida (su muerte temprana) no tiene solución… cuando la tiene.

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Morosos de postín

«¿Trabajas algo?». Si el interlocutor es un pequeño emprendedor, la pregunta está mal formulada. La correcta sería «¿Cobras algo?». Administración, grandes y medianas empresas e intermediadores se han sacado un master en postergar el pago de facturas que, en algunos titulados, incluye la especialidad de moroso.

Bien sabrán los benditos y sufridores autónomos de qué les hablo. Máxime cuando son multitud, ahora que el 90% de los desempleados que querían trabajar no tuvieron más remedio que echarse el ruedo del emprendimiento. O eso o quedarse en casa esperando por un hueco en el mercado por cuenta ajena que no acaba de abrirse. Lo que se abren son pequeños topitos, así como los estampados de los vestidos de los niños chicos.

Tristemente popular.

Tristemente popular.

Es vergonzoso la jeta que se gastan algunas organizaciones para retardar y/o librarse de sus pagos. Tirando de expresión clásica, de paisano de toda la vida, diríamos que «ya no queda gente seria». Parece que las últimas sangrías laborales les han dibujado rostro de risa a los pagadores de los trabajadores por cuenta propia. Estos, los contratados, claro, se ríen bastante poco; no les queda otra que seguir siendo serios. Ya ven que no está compensada la balanza de la seriedad.

Esto me lleva a confirmar la vigencia de esta conclusión extraída de la sabiduría familiar: «En esta vida, para que unos puedan ir de listos, a otros tiene que tocarles hacer de tontos».

Por mucha reforma y maquillaje que los últimos gobiernos hayan echado al mercado laboral español para, en teoría, paliar la pachuchez económica y social con que el nuevo siglo camina por estos lares mal llamados civilizados, a los pequeños empresarios no les han quitado el disfraz de Cristo. Es más, les han añadido espinas a la corona.

Tiene bemoles tener que pagar un IVA que aún no has cobrado, verte obligad@ a actuar de cobrador del frac un día sí y un día también… Vale que estos abusos los autónomos ya los venían padeciendo de antiguo, y otros, pero en los últimos tiempos los contratadores han perdido cualquier resto de vergüenza. Y generalizo porque creo que puedo hacerlo y ser fiel a una amplia realidad.

Entidades de renombre en la cumbre de la imagen de marca por mor del gasto en marketing que luego no cumplen con sus acreedores. «Das una patada y salen veinte».
Como siempre, el más pequeño es el que  mejor, primero, paga. Y eso me lleva al dicho de que «el más pobre, es el más honrado».

País de morosos de altos vuelos.

Malas rachas

Admiro a esas personas que se levantan una y otra vez ante la adversidad, inasequibles al desaliento. Cuando las «malas rachas» duran y duran como el conejito de Duracell pues olé por aquellos que saben mantener la esperanza, la alegría de vivir, la ilusión en vez de quebrarse una y mil veces. Porque hay varios tipos de malas rachas.

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Las más conocidas son esas que llegan, te machacan y se van con aire fresco, dejando lozana la fruta después de haber hecho con ella papilla. «Todo pasa», «No hay mal que cien años dure», «Es una mala racha»…., te dirán tus congéneres para consolarte. Puñeterías pasajeras de la vida, podríamos bautizarlas. Luego están las malas rachas que son más largas que un día sin jamón serrano. Éstas, a su vez, se subdividen en dos tipos, de acuerdo con la experiencia vivida:

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Mosquitos de raza chorizo y hormigas en metamorfosis

Se inspiraba ayer un prescriptor en la buena pluma, Jaime Poncela, en las moscas que, despedido el verano ya ni me acuerdo, perduran en nuestros hogares, fuera del tiesto ellas. Ya saben, daño colateral del fenómeno tiempo chiflado, donde las estaciones reclaman camisa de fuerza. Me acordaba esta mañana de la digresión que el comunicador conducía, por la altura, hacia caminos hondos desde la cotidiana co-existencia de estos insectos parias mas atrevidos donde los haya. Venía este artículo de saldo a mi memoria al amanecer Menda y mi prole un día más comidas por los inmisericordes mosquitos. Juntas hacemos una paella de ronchones cocinada ¡en noviembre!…. Y no son fechas para este plato en el menú.

Los cargan con agua.

Los cargan con agua.

Oigo a los enanitos de BlancaMosca planear estas noches sobre mi cabeza presumiendo de acróbatas aéreos y demostrando su pericia en el arte del camuflaje cuando la durmiente desvelada enciende la luz zapatilla en mano y ojo de lupa.

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El futuro prendido con alfileres: medusas y marcianos, fauna nacional

Son tiempos de tener la vida inmediata (y la del medio plazo también, nos tememos) prendida con alfileres. De «tira palante que libras». De resistir tras la trinchera sin garantías minimísimas de poder ganar la batalla. RE-SIS-TEN-CIA: esta etapa ya dura y dura, señores poderes, señores poderosos.

Que el sistema, nuestro sistema, está podrido y, encima, es inútil lo tiene claro desde Pepín el Lechueru hasta Don Álvaro experto en finanzas y otras cuentas que no salen. Y así seguimos… y seguiremos.

Alfileres

Cuesta tener confianza en el futuro cercano, porque para ello hay que ser tonto, estar ciego o disponer de cientos de años de vida por delante. Así que para las cabezas pensantes y medianamente amuebladas (que no lumbreras) no queda otra estrategia de resistencia diaria que el dejarse fluir, en plan medusa de Bob Esponja. Flotar mientras cogemos aire a pequeños sorbitos, así con boca de pez.

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