Ribadesella bella

Una de las más bellas postales marineras que Asturias brinda por su cara oriental está en Ribadesella, allá donde el río que da el nombre a esta villa besa al mar al despedirse. Pero, de imágenes bonitas Asturias está plagada. ¿Qué tiene Ribadesella de especial?

Su enclave estratégico. Cincelada para un 10 en el paisaje cantábrico. Recorrida por el Sella como una reina de las fiestas que luce su banda, dividida en dos semivillas con identidad propia (la Villa y el Picu) por el río. Coronada en las alturas por la ermita de Guía. Engalanada por su hermoso y diáfano puerto. Sus tres, cuatro calles (no más) céntricas para el paseo tranquilo sin grandes pretensiones monumentales. Su playa, Santa Marina, adonde uno viaja como escena terapéutica de sustitución de villanos pensamientos irracionales. Ese largo arenal, ribeteado de arquitectura colonial, es un regalo para el alma.

Y sus pueblos, de Meluerda a Tereñes. De Xuncu a Sebreñu. Diversos en rostro y esencia. Merece la pena perderse en ellos.

Playa de Santa Marina.

Playa de Santa Marina. Al fondo, la ermita de Guía.

Es Ribadesella para el turismo tranquilo, por mucho que en los últimos años quiera parecerse más a la exitosa y bulliciosa Llanes. Ambiente sí, para pasarlo bien, el que quieran, pero ajustado. La experiencia de años, en diferentes etapas vitales, zascandileando por esta villa, me ha permitido observar que solo x proyectos hosteleros pitan, ídem de los negocios comerciales que, abiertos de sol a sol en estas fechas, viven del turismo. Me quito el sombrero por el trabajo concienzudo y buen hacer (calidad) de la familia Aramburu (carnicería), si se me permite la publicidad, por ejemplo.

Cargue también la cartera, que este enclave del norte español no es barato.

Vista desde el Monte Corberu.

Vista desde el Monte Corberu.

De la villa siempre se ha dicho que hay más coches que personas. Ciertamente. Reniegan los viajeros y amigos de siempre del tráfico que actualmente anega sus calles y corazón rodado. A las bicicletas! Pero claro, tampoco está trazada para ser surcada en dos ruedas; mejor a pie (¡a sus zapatos, quien pueda!) Sea cual sea el medio de locomoción, del embudo del puente nadie escapa en estos días.

A los riosellanos los distinguirá por su peculiar soniquete, su acento asturiano tan difícil de emular. Ése que, cuando un paisano de otra latitud lo intenta (imitarles), pues le sale algo así como si hablara uno de Mieres desbarajustado. Un desastre de imitación.

Si quiere encajar en el ambiente de la villa-villa, cuide su aspecto. Es un guiño que le hago. Desde el cariño hacia mis gentes riosellanas les digo, que se acicalan más que en el Oviedín. No se crea que viene a un pueblo. Señoras impecables, de domingo y peluquería y niños de nido de abeja, primoroso lazo y zapatín. Son presumidos estos paisanos en el mejor de los sentidos.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Santa Marina, perspectiva abierta.

Leales a su tierra y a los suyos, asturianos con raíces de roble, si aquí hace amigos, será para siempre. Las fotos que ilustran este post son de una collacia riosellana.

Visitante, no he mencionado las Cuevas. Tito Bustillo. Pleitesía obligada, pintoresco atractivo del lugar.

Con todo, aunque en el verano y otras fechas de lleno estacional este llar esté en su salsa, para perder y reencontrar el alma en este lugar, les recomiendo el invierno. Un fin de semana ramplón, ni festivo ni especial. Para recorrer la Ribadesella desvestida de turismo salvo por algún salpicón de visitantes.

Si no les pilla muy lejos… regresarán.  Recargarán pilas. Y, al menos una vez en la vida, tienen que venir a les Piragües. No hay fiesta más asturiana ;-)

 

 

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