Desde niña siempre me atrajeron estas plantas acuáticas de cuento sobre las que se posaba el sapo que hablaba con la princesa y le ponía ojitos con la esperanza de abandonar su condición batracia (ya me entienden…). De hojas regordetas y flamantes flores de loto. Sin embargo, no recuerdo haber topado con ninguna en mi vida real (que no real vida). Fijo que me asaltó alguna en algún Jardín Botánico, pero no lo recuerdo ahora. No captó mi atención. Nenúfar.

‘Mi nenúfar’, en el camino que baja desde mi casa.

Fue en el primer paseo de indolente investigación por los alrededores al estrenar hogar que topé con ella. Al final del camino que baja desde mi casa, discreta presencia tras un matorral bajo de pinos, hay una charca en la que mora este tesoro vegetal, un manto de nenúfares que me apresa varios minutos cada vez que mi vista lo alcanza. Fenómeno, este del ensimismamiento, que conmigo no consigue ningún otro de sus congéneres del reino verde. Entiendo que los egipcios le confirieran a esta planta una dimensión sagrada y la incluyeran en sus expresiones artísticas: la flor que de día sale al encuentro del sol y repliega velas de noche. Tiene algo de maga de la serenidad. Quizá en mi nenúfar habitan las hadas.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.