Ojito con la vertiente antiperapéutica de la música, que tenerla la tiene y juega malas pasadas. Lo mismo que el genial toniquete te eleva al cielo, te pone a la puerta de Belcebú si, por mucho que sea tuyo el tema que suena, no lo escuchas en el momento adecuado.

Cuando uno no está para nadie…. Pues tampoco está para su música. Salvo que su música sea “El tractor amarillo” o “Macarena”.  Es asomar las primeras notas de aquel temazo histórico en la historia de tu vida y … directo al centro vital… tocado y hundido. Fuera de navegación.

Hay que saber dosificarla bien nuestra música del alma. Aunque, claro está, todos tenemos nuestro lado masoca, ese que nos hace ir moqueando al trabajo porque en el trayecto a la oficina se nos ocurrió la genial idea de darle al on a aquella canción preciosa pero antiterapéutica que nos tumba. ¿No sabemos poner las noticias? (cierto que a veces este remedio es peor que la enfermedad; igual no es una buena alternativa…).

Partitura musical.

Partitura musical.

En los momentos de plenitud vital, como si me quiero enchufar en vena el Canon de Pachelbel o poner a Janette a todo lo que da el volumen; pero cuando uno está vulnerable y flojea, ¿qué tal algo de chunda chunda o los Lunnis? Siempre puedes ponerte de mal prosapio aborreciendo al que los inventó y así, pues de la flojera, pasas a la mala leche.

Entonces cambiamos de cruzada:  para aplacar ese ‘me llevan los diablos’, tenemos que buscar otra terapia musical, que no dé calor del malo.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.