Mudanza

Los seres mudamos constantemente de estado, forma, naturaleza y lugar. «Lugar»: ahí han dado hoy en TERAPIA DE LETRAS. Una mudanza, en el sentido inmobiliario, pasa por ti como, imagino, lo hará una mana de elefantes en desbanda. Los efectos físicos del cambio de domicilio, máxime cuando supone mover prole y enseres mayores, te empiezan a anular en los previos y te rematan el día de autos para enterrarte a la semana. Si el migrado tiene suerte, resucitará al mes o una cosa así. Entretanto, nuestro GPS metafísico también padece, el pobriño.

`Mudancis panicus'.

`Mudancis panicus’.

Porque las mudanzas te dejan ese sabor agridulce de ilusión ante la casa  destino y tristeza (morriña) por abandonar la casa destino. Vale que una cosa es la casa y otra el hogar. Que el hogar está donde estás tú y los tuyos (si los hubiese). Que un hogar son las personas que hay dentro, no la dirección de un Tomtom. Pero ese algo que nos une a las cosas físicas y nos hace quererlas desde nuestra parte de materialistas (en algunos mortales, exacerbada) del todo que somos, produce al mudado una punzada de pena mezclada con vértigo y revestida con una sensación de extrañeza y desubicación vital. Desorientados. Andamos desorientados.  Zombies con/en casa nueva.

Para mandar a hacer gárgaras a esa punzada está lo que se llama «capacidad de adaptación». que algunos modelos de humanos traen de serie y a otros no hay customización que logre dotarles de ella. Dichosos quienes se adaptan porque sumarán salud, dichosos los nómadas eternos que viajan libres de equipajes. Quienes tenemos alta la hormona de complicarnos la vida, envidiamos a esos nómadas, peregrinos ligeros de equipaje que se mudan en un plis, sin camión de plataforma elevadora ni gestiones administrativas varias.

¿La vida se va complicando o la complicas tú?

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