Metafísica de la estafa

Me acabo de enterar de que «estafar» es una palabra polisémica. «Estafar» es la «acción y efecto de estafar» –y, desde el punto de vista del Derecho, el «delito consistente en provocar un perjuicio patrimonial a alguien mediante engaño y con ánimo de lucro»–, pero «estafa» es también el «estribo del jinete».

Podríamos reducir la polisemia hasta hacerla desaparecer, porque, en realidad, los dos significados apuntan a causar la jodienda (con perdón) al paisano o al equino.

Estafadora.

Si, jugando, le cambiamos una letra, de «estafa» pasamos a «estofa», vocablo también polisémico (esta rica lengua nuestra). «Estofa» es un tipo de tela, pero también significa «calidad, clase». Esta segunda acepción es prima hermana de la primera acepción de «estafar».

Los estafadores, las estafadoras, son gente de baja estofa. En este país l@s hay de altos vuelos –algun@s hasta tienen sangre azul– y también de andar por casa. A los primeros, a fuerza de sorber las noticias nos hemos ido acostumbrando. Los sufrimos de forma aséptica, se diría que indolora (si sufrir sin dolor se puede). Además, su delito suele ser material y, aunque encabrona, no es ese el que más lastima.

Los estafadores de al lado, tus supuestos iguales, cuando en ti, o en los tuyos, hacen blanco producen un daño más hondo, porque meten mano directamente en tu cartera. Lo de los de arriba se antoja más indirecto.

En ambos casos, estafadores vip y de a pie, la estafa más puñetera no es la que atenta contra el patrimonio, sino la que perjudica el alma y los sentimientos, por violar con agresividad nuestra confianza y nuestras ilusiones, aprovechándose de nuestra buena fe. Esa estafa te sacude y deja cual muñeca rota. Es de lenta recuperación. Provoca estupor, cabreo supino, autoflagelación y pena naranja, por este orden.

Cuidado con ellos y ellas, víboras con apariencia humana y máster de encantar serpientes.

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