Pruebe a escribir «Libélula» en el amigo Google. El buscador le devolverá grupos de teatro, nombres de canciones, concursos fotográficos y otras manifestaciones artísticas. El elegante insecto estimula bautizos por doquier en el mundo de la cultura… Por algo será.

Antigua, animal con solera.

Inofensiva con sus insignificantes  (léase «humanos»), depredadora de contrincantes de altura.

Piloto veloz y de precisión (ya quisieran los helicópteros).

Hermosa y exótica.

Buena moza (ocho centímetros sin tacones; en la NBA de los bichos).

Gusta de la cercanía del agua y el calorcito (invierno para quien lo quiera).

Mal llamada por ignorancia biológica «Caballito del diablo», por confusión son sus primas hermanas, esas «Señoritas».

 

Libélula

Libélula: «Anax Imperator».

Un prodigio de insecto, vaya. Me lo pido si me proponen una reencarnación invertebrada.

Desde el verano una «anisóptera» -que es como con menos encanto pero más rigor la libélula se llama- planea por mi jardín. Deduzco que es la misma, encantada con este largo estío que la Presidencia del clima nos ha regalado al Cantábrico este año. El pasado fin de semana me acompañó mientras lavaba el coche (yo; la libélula es amiga, pero no tanto).

Su tamaño invita a no acortar la distancia, pero su belleza, comportamiento y artes aeronáuticas se revelan irresistibles encantos ante los que sucumbes. Y sonríes reconfortada. Has visto pasar ese hada que te entrega un segundo de ingravidez, de insustancialidad, de fuera de órbita. Teletransportada al «Érase una vez…»

Y me acuerdo de mi nenúfar, que también está al lado.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.