Fin de curso

Cada 19, 20, 21 de junio es fin de curso. Da igual que ya no vayas al cole, da igual que no tengas hijos que vayan. La llegada del verano produce esa sensación de cierre, de corte, de que un tiempo, muy parecido a otros anteriores y sucesivos, se ha ido para siempre. Finito.

Y ante la marcha hacemos balance. Un balance que no es tan jodido (perdón) como el de Fin de Año, pero que tiene en común con este revolvernos por dentro. Qué hemos hecho, qué no hemos hecho, somos un año más viejos (sí, nos da por ponernos en junio un año más, aunque no toque en el calendario del año ni en el nuestro)…

A echar cuentas con nosotros mismos, con los del al lado (nuestros escolares retoños, los primeros; agrrr… esas notas temidas) y a entregarnos al impasse que es el verano, oasis de obligado disfrute. En los dos próximos meses hay que pasarlo bien y punto pelota. Empiezan unas navidades largas y con sol. En verano hay que ser felices. Si durante el curso no lo has sido, no pasa nada: se te perdona. En cambio, si en julio y agosto no consigues alcanzar ese estado beatífico, háztelo mirar, chungo, cenizo, triste… que eres un triste.

Una fecha cordera con piel de lobo, desazonadora, puñetera, la de Fin de Curso. Anuncia liberación y trae su cuota de frustración, extrañeza, vacío. Un pingüino en la nevera: ¿se acuerdan? Engaña el Fin de Curso, tengan cuidado.

«Terapeuta aguafiestas».

[Pretendía arrojarme en brazos de la nostalgia escolar propia y patalear por el crecimiento vertiginoso de nuestros retoños, que se nos revela dragón en esta época del año, pero ya ven que me he ido por otros derroteros. Es lo que tienen las letras: no siempre se dejan juntar como una quiere]

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