Etiquetas

Repelo las etiquetas. Me dan alergia y me cabrean. Reivindico el básico y simple derecho al pensamiento propio que no tiene por qué alinearme con nada ni con nadie. Ni con siglas políticas ni con las de otras instituciones civiles o religiosas.

Y lo mismo que alzo la voz contra la etiqueta y las máquinas humanas etiquetadoras, la levanto contra el desetiquetado y quienes lo practican. «Si X dice esto, no puede pertenecer a aquello; X va de uno y luego es lo otro». Pero qué manía. Respetemos y fomentemos la diversidad. No constriñamos y vayamos a la simplificación fácil.

¿Por qué uno no puede ser cristiano y rojo? Conservador en esto y requete-izquierdista en aquello. Empollón y el rey de la fiesta…

Etiquetas.

Etiquetas.

Me indigna el radicalismo de quienes se amparan en las etiquetas para ningunear a quienes les dan mil vueltas en diversidad. Y no solo se amparan (los etiquetadores), sino que presumen-de.  Me da igual de qué parte de la Yenka procedan esos intolerantes (de la izquierda o de la derecha, de arriba o de abajo).

Etiquetas sociales

Ir contra las etiquetas en un mundo global que todo lo etiqueta no es moderno. Internet promueve las etiquetas. Si publicas, etiqueta tus contenidos, te pide la Red. Mas si pasas por este aro, etiqueta bien y con chapeta, que decimos en mi pueblo (con tino).

Internet está plagado de etiquetas y pide más.

Internet está plagado de etiquetas y pide más.

Desde esta faceta trivial (o no tanto) de la Red, por eso rechino cuando me etiquetan en Facebook. ¿Por qué, para qué?

También es cierto que las etiquetas nos hacen sentirnos seguros. Ese saber dónde va cada pieza del puzzle colectivo nada más avistarla. Vivir sin etiquetas es casi hasta osado en una sociedad que nos sitúa y encasilla a la mínima. Quieto ahí y no te muevas.

Por eso, porque no me gustan las etiquetas, trato de no etiquetar a los demás. Recomiendo el ejercicio, en el que seguro que estoy lejos de ser buena alumna. Es tremendamente injusto etiquetar, nos cierra y, a veces, incluso va de la mano de la mezquindad.

Cuando superemos esa tendencia humana etiquetadora in crescendo en tiempos convulsos –hoy el rebaño se deja y la máquina etiquetadora del pastor echa humo-,  evolucionaremos hacia la tolerancia que emana del reconocimiento verdadero (y no de boquilla) de la diversidad humana y social.

Entretanto practicamos ese ejercicio de tolerancia, que nos etiqueten lo que quieran. A nos, plin.

Ojito, que lo contrario de lo que esta entrada practica, abrazar las etiquetas, nada tiene que ver con saber de qué lado estás, estamos… Eso, para otro post.

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