Estos días se dejan las pestañas en tragar  y masticar libros, folios y pantallas. Abarrotan las bibliotecas o se atrincheran con una pinta infame en su cuarto. Cada estudiante tiene su lugar y su estilo.

Tiempo de libros.

Tiempo de libros.

Algunos, mentes privilegiadas y estrategas brillantes, realizarán en un plis la pirueta sin haber pisado el circo apenas durante el curso. Otros, hormiguitas responsables y disciplinadas, repasan ahora el tema 4 por cuadragésima vez: van sobrados, pero tiemblan más que los anteriores ante la imagen del día E.  Son de los que sueñan con que el día del examen no les suena el despertador y ¡llegan tarde! Buff…qué angustia.

ESTUDIANTES.

La vida es dura también para ellos, bien lo sabemos quienes un día, no lejano en nuestra percepción y cada vez más en nuestros números reales, lo fuimos oficialmente. No vale esa frase de «más duro es trabajar». La vida del (buen) estudiante es dura. Psicológicamente lo es.

A diario se enfrentan a inseguridades personales, miedos, frustaciones e injusticias. Sí, porque ni la escuela ni el instituto ni la Universidad son justos, porque la vida no es justa y quienes la viven tampoco. El reparto de notas exhibe una aplastante subjetividad y «ahí va y que te preste». Los profesores se equivocan, a veces para bien… y otras… para mal. Y luego están aquellos docentes cuyo nacimiento ya fue una equivocación (ojalá que sean poquitos, esos energúmenos castrantes, que limitan en vez de motivar al alumn@ y que no te los encuentres en tu camino).

A nuestros estudiantes les decimos que se apliquen, que se olviden de que fuera hace sol y el agua salada ya está a temperatura para sus biquinis. Ánimos y monsergas de adultos que no ven claro (más bien, muy oscuro) que, después de todo ese esfuerzo que les inculcamos, haya para ellos una oportunidad de futuro. Al menos en este país, con su sistema educativo sin sentido y sus puestos de trabajo menguantes y hechos unos zorros. Que se olviden de que es fin de semana, que dejen de jugar, de quedar con los amigos, que aparquen al novio unos días… que estuuuuudien… que esta época pasará y les espera le recompensa del buen verano.  Eso les tarareamos sus mayores, sus guardianes y aspirantes a ángeles de la guarda, mientras rumiamos la incertidumbre de este mundo que les dejamos.

Me enternecen esas hordas de críos y chavales corriendo tras la nota que les abrirá las puertas de un verano feliz. Después de ellos, vendrán otros a renovar el ciclo del buen curso con premio. Suerte a todos y que nadie os diga que vuestro sacrificio no tiene valor. Las horas de estudio son horas robadas al juego, al amor, a la naturaleza… tiempo que no volverá. Horas que deben merecer la pena, que debéis hacer que la merezcan. Y nosotros más, que, como adultos, somos vuestros responsables.

A fortalecer esa autoestima y fush fush a las limitaciones externas.

Si de nuestra mano estuviese, os regalaríamos otro sistema educativo, pero este desatino de deberes fuera del horario académico, parciales más globales, trabajos mecánicos y absurdos y un largo etc que os sobrecarga, cansa, desmotiva y hasta puede llegar a frustraros es lo que hay. Lidiad con esta tara y quedaos con lo positivo, con el nutriente. Con algunos contenidos atractivos, algunos grandes profesores que cuidan de vuestra creatividad, algunas actividades estimulantes, algunos proyectos innovadores y divertidos y que nadie ni nada os tape la luz que emana de aquellos conocimientos y materias que os gustan, para los que estáis mejor dotados, porque algún día serán vuestra vida. Porque cada cual tiene su camino y su capacidad… y tenéis que descubrirla solos. Con ayuda, sí, pero solos.

Suerte con esos exámenes, peques, esos cambios de ciclo, esa PAU, ese fin de carrera, ese MIR.

Estudiamos somos todos y para siempre. Todos los privilegiados que caímos en el lado amable del globo.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.