Los egipcios se saludaban inclinando el cuerpo y llevando una mano a la rodilla en señal de respeto. Los griegos se estrechaban la mano y los romanos el antebrazo. En el XVII, vendrían los besamanos a las señoras. En fin, rituales, todos, solemnes y rigurosos, como quitarse el sombrero.

 «El alcalde de Zalamea Isabel y el capitán». Ilustrador: Hugo Barroso Delgado.


«El alcalde de Zalamea Isabel y el capitán». Ilustrador: Hugo Barroso Delgado.

De esa solemnidad, algo queda en los protocolos a ambos lados del mundo,  Oriente y Occidente.

El saludo no-protocolario, el de trato rutinario, no atraviesa por su mejor momento. Una no sale de su asombro cuando un conocido, vecino, compañero de trabajo o amigo de angüaño la deja con el «hola» en la boca.  En el portal de casa, en la oficina, en clase… Y tan campante el susodicho. La cara de bobos que se nos queda ante tal desplante y la indignación sorda que este desagravio genera dan para un chisme 2.0 de esos que pululan en la Red.

Ante tal gesto de simple y llana mala educación del prójimo, el ninguneado se queda con la gana de transmitir al ninguneador algo más que un saludo.

Relieve del Libertador Simón Bolívar y el General realista Pablo Morillo

Relieve del Libertador Simón Bolívar y el General realista Pablo Morillo.

Actitud, en fin, ésta de no saludar al que nos saluda, lamentable a todas luces. Sin ser patrimonio exclusivo de las ciudades, se observa que esa fea costumbre es predominantemente urbana.

Por contra y por suerte para la salud de la buena educación, pervive en los pueblos esa costumbre de saludar a aquel con quien te cruzas, aunque no lo conozcas. Así, las nuevas hornadas de saludadores (los niños) se sorprenden de que en el pueblo mamá salude a ese señor desconocido:

– «Mamá, ¿quién es?».
– «No sé».
– «¿Y por qué lo saludas, entonces?».
– «Porque en los pueblos la gente se saluda. Él me ha saludado y a nadie [sin malquereres mediante] se le niega el saludo».

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.