Cuando un mes se va (para un adulto ya bastante ‘ulto’) algo se muere en el alma. Incluso si el que se despide ha sido puñetero o, mejor se lo pongo, turbio o anodino. Los días 30 o 31 nos dibujan la estupefacción de vivir en la cara. ¿Ya pasó abril? O ¿ya está aquí mayo? … Y yo con la casa sin barrer y las migas sobre la mesa. O la casa barrida, la mesa limpina, pero aquel proyecto de limpieza general nuevamente aplazado… Y un mes más que me llevo al cuerpo y un mes menos que me queda por vivir… Que el tiempo pasa se torna explícito cada uno de los 30/31 (no me olvido del 28/29 del mes que va por libre) del año… Y son 12.

Día 30Mientras nosotros rumiamos estas certezas en el body al arrancar página en el almanaque y nos recomponemos tras el latigillo que nos entró por el estómago y nos salió por la oreja, los peques del entorno corren contentos hacia el nuevo mes, ligeros y libres de estos bolos alimenticios de la dieta adulta. Bien… otro mes que pasa… ya están más cerca mi cumple, la vacas… Ya soy más mayor…

Y ese contraste, entre los tiernos y los curtidos vividores de meses, pues sacude la zozobra de los segundos. La disipa. #Paradojas. Buscamos en la estantería el pesado tomo de la ley de vida y nos esforzamos, si no en entenderla, sí en tenerla muy presente para no llamarnos a engaños.

 

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.