Timonela involuntaria y sin carnet, todos los días se echaba a la mar con su carga de miedos, frustraciones, penas…Todos bien atados para lanzarlos al agua, a mitad de jornada, en el punto más hondo.

Y así un día. Y otro. Y otro.

De regreso a tierra, atracada ya en puerto, iniciaba a pie el camino hacia casa. Había soltado su desazonador lastre, lo había visto desaparecer hasta hundirse entre las olas, pero no se sentía ligera. Se sentía vacía. En pie después de la tempestad, pero marcada por las huellas tentaculares de la sacudida.

Azul

La mirada costosa, el peso sobre las pestañas. Los sentidos adormecidos. El alma de resaca. El dolor extendido, difuso. Las manos con hormigas. Todavía en la cueva del mundo sensible, en las sombras de Platón.

¡Pero si había visto con sus propios ojos y el favor del cielo despejado cómo el mar se tragaba el hatillo hecho con sus problemas, sus equivocaciones, su tristeza, su angustia…! Se había molestado en calibrar las piedras hasta elegir las más pesadas para añadirlas al fondo del paquete y evitar que flotara. ¡A la fuerza aquel lastre habría servido de almuerzo a los peces carroñeros!

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Aquella otra mañana salió a faenar solo pertrechada con la bolsa de la comida. Ningún equipaje con penumbra para arrojar a la mar, disuadida por lo valdío de sus intentos de liberación.

Transcurrió la jornada de pesca. De vuelta al puerto, con gesto seguro de veterana, acabó de fijar el amarre a la bita. Al incorporarse y echar a andar en dirección a casa, se sintió extrañamente ligera.

Mas no era la ligereza esperada. No gravitaba de júbilo. No había explosión de placer. Ni plena ni colmada. Pero, al menos, estaba llena. Puede que el contenido de su humanidad no le gustara, que sus sentimientos y emociones no fuesen los compañeros de faena elegidos ni deseados, pero no había vacío interior: estaban sus viejos tripulantes… Y la certeza.

En aquellos funerales diarios en alta mar había buscado liberarse del sufrimiento, pero, en lugar de alegría, encontró solo anestesia.

Comprendió que nunca sería feliz.

Sonrió sin ganas. Era bella. Toda enigma.

Rosa Valle

Escritora y comunicadora, que haya terapia en las letras, su refugio y su esencia. Certezas azules en la mar, en los ríos —aqua summus— y verdes en el monte, las montañas, la natura.