Descar(t)es

El zumbido asumido de la máquina de segar,
la sidra dulce en otoño,
apañando, mayando,
el primer chorru que sal de la prensa,
papá haciendo foguera, papá sulfatando, papá injertando,
footing alrededor de los manzanos, padre, hija y perro,
la madre velando nuestras marchas desde la terraza,
saber si quien llega es papá o mamá por el sonido del coche,
los viejos columpios con el trono nuevo,
el garaje, ese espacio infinito que almacena nuestras vidas,
Goofy, Lasie, Breick, Winter, King, Scotty y
aquel cachorro que se fue tan pronto
(creo que los he dicho todos).
Faltan los otros peludos, los felinos amigos, que también hubo unos cuantos,
y otros bichinos roedores y alados que allí hicieron comunidad,
las escapadas prohibidas en plan «Los Cinco»,
en catiusques por los regatos,
la güela dando de comer a les pites,
La bici, la piscina de plástico, los patines con correas,
los vermús de los domingos en la cocina,
los sapos a esquivar de noche en la acera cuando llovía,
las carreras de caracoles en la casa de juguete,
estudiar al sol,
desayunos de aldea,
cumpleaños impagables en la mesa de afuera,
de allí salió una novia,
la Casa Feliz (esa réplica de palets) I y II: la morada de las niñas I, II y III,
los miedos nocturnos… esos sonidos mosqueantes de la natura,
los aullidos lobunos de los perros,
el gallo tenor del vecino,
las flores, las rosas,
las peleas para bajar a la despensa (vete tú),
la chimenea, ese calor de verdad,
los espacios, los espacios, los espacios.

Te echaré de menos, El Pintor.

Para mal, mamé de ti una forma de vida,
que me ha hecho sentir como siento;
luego, ser como soy.
Siento, luego existo (alguien se equivocó).

 

«Educar», de Celaya, poesía lema

Este mediodía, alcanzada por la marea de educar que todos los días nos baña, he ido a buscar a Internet una tabla, más que para salvarme, para flotar agarrada a ella apuntando a buen puerto.  Esa tabla que desde Terapia Literaria comparto es un precioso poema de Gabriel Celaya (Guipúzcoa, 1911- Madrid, 1991), archiconocido en los círculos educativos. Una caricia.

La poesía me llegó a través de una buena maestra que por suerte se ha cruzado en nuestro camino, la tutora de mi hija. Al recordar su emoción, sus lágrimas, cuando nos lo lee a los padres a principio de curso, me emociono yo nuevamente. «Los pelos como escarpias». Directo al corazón, con Udes: «Educar»:

Educar es lo mismo
que poner motor a un barco…
hay que medir, pesar, equilibrar…
…y poner todo en marcha.

Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio
de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia los puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Mientras en nuestro sistema educativo siga habiendo profesores que se emocionen leyendo esta poesía por milésima vez… hay esperanza más allá de las leyes y los presupuestos. Estamos en buenas manos. Pequeño guiño a nuestra profe y su vocación y sensibilidad.