El 23 de febrero de 1981 teníamos ocho años. Al grito de «Todos al suelo, que viene Tejero» del compañeró revolvín de turno, nos metíamos debajo de los pupitres. Componían dos columnas compactas con varias celdas, unidos unos a otros como una atracción de feria. Nos gustaba meternos por desde el último y recorrer el túnel subterráneo hasta asomar la cabeza por el medio o el principio. A la señorita, de mano floja y dada a alargar el cabello ajeno, aquella práctica no le parecía muy bien. Para expirar su culpa, alguno pasaba la mañana a su vera de pie junto a su mesa presidencial y recibía un coscozón cada vez que levantaba la cabeza del papel. La escuela de los 80 y… ya estábamos en democracia.

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