La playa de las siete y media (a.m.)

Me gusta la playa de junio a las siete y media (a.m.). Los viejos de paseo se mezclan con los viejóvenes al trote. Los viejos al trote se mezclan con los viejóvenes maqueados (poca cosa, el maqueo xixonés; ya saben que tiramos a gualdrapa) camino del trabajo. Una moza estira sus músculos en la arena. Un paisano se baña en el mar.

Playa de San Lorenzo.

Playa de San Lorenzo.

La arena no es aún un hormiguero en acción. No hay niños ni perros: a unos aún les retiene la playa escolar; los otros, prubinos, son desterrados de la arena urbana en estas fechas.

Sobre la arena mojada, apenas pisadas. Cuatro, de quienes tratamos de avanzar sobre ella.

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Me lo dijo un támpax

Por razones de fuerza mayor, me veo obligada a comprar unos tampones de marca pija, es decir, con pedigrí, en vez de los marca Pichurrín habituales. La excepción me sirve para comprobar que, desde los tiempos del Paleolítico en que esta consumidora utilizaba los caros hasta la época actual, entregada la lista de la compra a la marca blanca, el producto ha cambiado un potosí. ¡Carayo!, si da pena hasta usarlo. Qué monada de packaging, oigan. Apetece ponerle una cadenina y llevar el támpax de colgante. Diseño: con el mandamás de la industria hemos topado. Estás demodé, terapeuta: te calcaron unos tampax de diseño. Vives en el Pleistoceno… ayyy.

Es el tiempo de las formas, el turno del envoltorio del caramelo. Con la estética hemos topado. El contenido huele a rancio y, si hay que tragarlo, que sea estético, por-fa-plis.

Ven para acá, que te doy un besito.

Ven para acá, que te doy un besito.

Empieza a fastidiarme el empleo del apellido «de diseño» para dar valor a cualquier artículo de consumo. Amén de que se está pervirtiendo el concepto para denominar a cualquier objeto de pinta dudosa (algo así como lo de llamar «abstracta» a cualquier patata de obra de arte).

Los complementos que molan para adornar nuestra anatomía han de ser de diseño. Mis vestidos no son raros (no tienes ni idea, piltrafilla): son de diseño. Ahórrate el invitarme a tu casa si los muebles y la decoración no son de diseño (espero que tus padres también lo sean; y la niña). ¿Qué a qué sabe ese plato? Tú pruébalo, verás que rico, que es de diseño. ¿Me prestas a tu novio de diseño?

Si no diseñas, deja que te diseñen. Es-teta.

#diseño

 

¿Viejos y sabios o viejos e ignorantes?

Dice la RAE, que no es dada a muchas metafísicas, que las personas —seres orgánicos— crecemos cuando vamos «en aumento», es decir, cuando vamos ganando «estatura». Se trata, por tanto, de un crecimiento absolutamente involuntario. La voluntad se necesita para elevar esa otra estatura, que no se toca y que se extiende por dentro, por mucho que el crecimiento interior tenga un componente, grande, de azar, de destino, que escapa, en consecuencia, a nuestro control.

El crecimiento personal se relaciona directamente con el aprendizaje y ya sabe que se aprende de lo bueno.. y de lo malo.

Creciendo.

Creciendo.

Para crecer en dirección al éxito, sostienen los teóricos del comportamiento que hay que salir de la zona de confort, vencer el miedo, adentrarnos en la incertidumbre y, así, emprender nuevos retos fuera de ese espacio de comodidad que dominábamos.

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Metrónomo

El metrónomo «permite al músico mantener un pulso constante al ejecutar una obra musical». Los estudiantes ponemos «el grillo», como dice mi profesor, interiorizamos el ritmo que los «bip-bip» marcan y, luego, hacemos lo que nos da la gana  -ja ja-, ya se sabe… o para lo que nos da la mano. Pensaba yo un día de estos, mientras el grillo y yo hablábamos, que las personas deberíamos disponer de un metrónomo para ejecutar la vida, de tal manera que programásemos por la mañana la velocidad para la jornada (¿«negra= 65», por ejemplo?) y a funcionar: «un-dos», «un-dos, un-dos», así todo el tiempo, siguiendo la misma cadencia, un ritmo fijo que nos blinde frente a los vaivenes, bajones, subidones, sorpresas y exabruptos que el día a día trae.

Metrónomo clásico.

Metrónomo clásico.

Conduciríamos por las autopistas de la existencia como autómatas de alta precisión, cada uno a la velocidad marcada, que no sería única, claro está (la diversidad, ya lo ven, quedaría garantizada). Nos ahorraríamos muchos desgastes y disgustos. Algun@ estará pensando que también alegrías; esta historia tiene su peaje, claro.

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Facha(da)

Sobre atrezos, yos, goteras y otras cosas de las pintas

Me siento lejos de la gente que prima el aspecto físico, el guardar las apariencias. Puede parecer un concepto antiguo, en tiempo de podemitas y liberación feminista, pero no lo está (desfasado). Veo a algunas personas necesitar su percha impecable para sentirse seguras, poner su autoestima en su pinta y juzgar a los demás por su facha. Líbreme Dios de colarme en ese saco.

Hablamos de...

Hablamos de…

Aplica a ese perfil de pinceles el refrán de «dime de qué presumes y te diré de lo qué careces» y acertarás en un alto porcentaje. Desconfío de las personas maduras (los chavales están eximidos, que les queda trecho para estas certezas) que compran ropa todos los meses y se avergüenzan de los suyos si no dan la pinta que su mirada exige. A menudo tras una fachada esplendorosa hay goteras. Muchos las pintan, las fachadas, y revisten para tapar carencias personales que otros valoramos por encima de la estética.

Tengo amigos y familia de toda facha. Me parece estupendo que a la gente le guste ponerse guapa. A mí también, pero no pongo en ello mi autoestima ni mucho menos el valor que concedo a los demás. No me avergüenzo de los míos porque vayan por la calle en polar ni con unos pantalones de cuando reinó Carolo. Vayamos a lo importante. ¿Eso lo es? No me lo parece. Poco hemos avanzado como personas si respondemos lo contrario.

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PaCiencia

Es reina de las virtudes. Y no me extraña. Quien sepa cultivarla tiene un tesoro de salud mental y física. Esta terapia habla de la paciencia; del latín, patientia.

La paciencia es la capacidad del ser humano para soportar contratiempos y dificultades a la espera de lograr algún bien. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar adversidades con fortaleza y sin queja.

No se confunda con pasividad ante el sufrimiento. Es fortaleza para aceptar con serenidad, sin lamentarse, el dolor y las pruebas de la vida puñetera.

Paciencia

Es un rasgo de la personalidad madura. Y de la inteligencia: las personas pacientes saben esperar con calma a que las cosas sucedan, ya que piensan que a las que no dependan estrictamente de uno, no se les debe otorgar tiempo.

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Tata

Solo tú me llamas así. Y me gusta. El otro día me paré unos segundos a sentir esa evidencia cuando te dirigiste a mí por esas cuatro letras, “Tata”, en vez de por mi nombre propio en un grupo de whatsapp. Cuando naciste, hace 19 años no existían esos inventos de la nueva comunicación que, ya ves, tienen su parte buena. Véase este contacto que a los viejóvenes esa app nos permite mantener con vosotros, los jóvenes. A frase de whats, te tengo siempre cerquita.

Hoy cumples casi la mitad de mi vida. “Diecinueve años, quién los pillara”, diría el abuelo. Yo también te los cambiaba por los míos, aunque ahora se estile más eso de decir que cuanto más vieja seas, etapa más feliz (por lo de plena) que estrenas. Vaya cuento chino. #marketingpersonal.

Andrea

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Raíces

Los reencuentros con las raíces nos dicen cosas //
Hay raíces que nos lastran y otras que nos ayudan a crecer sanos y fuertes

Aparte de las que nos hacen burla desde el espejo cada dos meses a quienes no gastamos nuestro color de pelo natural, hay otras raíces que, a diferencia de las capilares, no deberíamos de tapar,.

Tienen su doble cara  las raíces en su función de anclarnos a un lugar, a una persona.

Si son gruesas, firmes, si se han agarrado fuerte y crecido bajo la superficie en buena tierra, nos aportarán seguridad, autoestima y hasta orgullo. Una herencia de principios, valores y sentimientos.

Los árboles crecemos, a partir de las raíces, fuera de la superficie y, según el aire que respiremos, el riego que elijamos o nos elija y otras loterías de la vida humana, pues constituiremos mejor o peor árbol. Cada espécimen hace lo que puede o se deja hacer.

Hasta aquí la cara A, bondadosa de las raíces.

Está la cara B.

La cara B es la que te impide buscar, volar, cambiar, crecer con todas las letras.  Resulta de tener unas raíces no te anclan a nada bueno o unas raíces buenas mal gestionadas. A las raíces insanas mejor meterles tajo. Si el tamaño y la extensión de esas raíces dañinas es considerable, necesitaremos una gran tijera y  recurrir a profesionales de la jardinería, si solos no podemos. Además, será fácil que de esa poda se libre alguna raíz de amarre que siga limitando, minando, nuestro desarrollo libre como personas

La vieja casa. El lugar.

La vieja casa. El lugar.

Cuando el árbol toma distancia con las raíces del tipo A y en el devenir de su existencia, por casualidad o naricilla voluntariamente dirigida, se reencuentra con ellas, se produce el efecto nostalgia.

A veces ese sentimiento es tan fuerte que logra menear el tronco más robusto.

Cuando esa punzada de nostalgia desaparece, deja la certeza que nos recuerda cómo de dónde venimos nos ha hecho ser quienes somos. Esa certeza a unos individuos los reafirma y a otros los sacude. Cuando se produce esa sacudida, a continuación vendrá un replanteamiento.
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Los reencuentros con las raíces nos dicen cosas.

Revival terapéutico

Revival es la palabra que yo utilizo -ignoro si acertadamente- para referirme a aquellas citas a las que, en la madurez, acudimos con los lugares, eventos y personas de nuestro feliz pasado juvenil para rememorar aquel tiempo y revivir en el presente aquellas sensaciones y emociones en un ejercicio de fotosíntesis existencial. De un tirón, me ha salido esta definición, no sé si muy exportable o no, pero es la mía.
Los encuentros de antiguos alumnos, las fiestas del pueblo… Citas repetidas con distinta periodicidad nos ofrecen revival en el camino. Por supuesto, de la intensidad con que llamen a nuestra puerta dependerá nuestra decisión de sumarnos o no.
Revival!

Revival!

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‘Fush-fushear’ en agosto

Nació este humilde blog de terapeuta de palo vinculado al fush fush, ese antídoto siempre a mano contra el hartazgo, el agobio, la angustia, el drama y demás enemigos del buen rollo interno. Hoy lo rescato al inicio del mes rey del verano, anhelado y temido al mismo tiempo, en cuanto que es esencia de estío pero antesala de un septiembre que llama a la rutina escolar y currantil. No sobra rociar con él -el fush fush; ya saben que se sirve en varios formatos y, si no, lean el post anterior- las piscinas, los ríos y el mar en que este verano nos remojamos, porque en esta estación las comeduras de testa también crecen con el termómetro.

Fush-fush en formato spray.

Fush-fush en formato spray.

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