Peludos y peludillos

Hay insultos entrañables. «¡Peludo!», le grité el otro día al volante a un listillo por una so jeta maniobra. A mi hija, desde el asiento trasero aquel vocablo desconocido en ese uso le causó gracia y no le sonó a oprobio.

Peludo

Es una de esas expresiones que has mamado en casa y luego reproduces sin darte cuenta. Tipiquísima de mi madre.

Luego está el diminutivo, peludillo o peludilla, semánticamente alejado del insulto, con un significado similar a bichejo, trastín. «—A ver, peludilla, ven pa’ ca». Posiblemente peludillo/a esté relacionado con el uso de peludo para referirnos a una mascota, generalmente a un perro.

Metafísica de la estafa

Me acabo de enterar de que «estafar» es una palabra polisémica. «Estafar» es la «acción y efecto de estafar» –y, desde el punto de vista del Derecho, el «delito consistente en provocar un perjuicio patrimonial a alguien mediante engaño y con ánimo de lucro»–, pero «estafa» es también el «estribo del jinete».

Podríamos reducir la polisemia hasta hacerla desaparecer, porque, en realidad, los dos significados apuntan a causar la jodienda (con perdón) al paisano o al equino.

Estafadora.

Si, jugando, le cambiamos una letra, de «estafa» pasamos a «estofa», vocablo también polisémico (esta rica lengua nuestra). «Estofa» es un tipo de tela, pero también significa «calidad, clase». Esta segunda acepción es prima hermana de la primera acepción de «estafar».

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Animalismo y animalistas

Estemos tocados o no por la flecha de este Cupido, está claro que este fenómeno no hace daño. Al contrario, mejora la sociedad

La palabra «animalismo» aún no figura en el universo RAE. ¿Es de esperar que no muy tarde la Real Academia de la Lengua Española la acepte? En el futuro lo sabremos. Lo que es presente es que en numerosos blogs y sitios web este término aparece definido como la «empatía con el mundo animal».

Se trata de una corriente en auge en España, por fortuna para esos otros y multiplísimos seres vivos con quienes compartimos condición. La parte buena de las redes sociales ayuda a  los animalistas  a extenderse en la sociedad. Así, los muros de Facebook se llenan de imágenes de perros y gatos que buscan un hogar o necesitan una acogida urgente y que denuncian el maltrato animal y de eslóganes que defienden sus derechos.

Los animalistas han llegado a los nuevos partidos políticos y algunos ocupan ya escaños en nuestros parlamentos.

En su defensa.

En su defensa.

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Personas «yo-yó»: pies, para qué os quiero

Primero están ellas, después ellas y, a continuación, ellas. Son las personas que los estudiosos del comportamiento humano llaman de tipo «yo-yó». Normalmente, se trata de individuos con alto ego, que hablan sin parar y que difícilmente te dejan meter baza cuando tienes el infortunio de conversar con ellos.

yo-yo

Este estereotipo de persona toma su nombre de la palabra «yoyó», que la Real Academia de la Lengua  define como el conocido juguete de origen chino que sube y baja con una cuerda.

Además, la RAE contempla el término «yoyo», así, sin tilde; solo con acento en Cuba, México y El Salvador. Es en este último país, El Salvador, donde existe una segunda acepción de «yoyo» que la RAE incluye para esta palabra: «Persona servil y aduladora», que se aleja del significado que hoy traigo a TERAPIA DE LETRAS.

Seguro que te vienen unos cuantos congéneres «yo-yó» a la cabeza. Y no es que sean malos, ni que te caigan del todo mal, pero los evitas. Vaya que si los evitas, porque te resultan pelmazos. Sin eufemismos: palizas. Distan de ser personas atractivas cuando se las trata.

Les cuesta, o no saben, o no les interesa, escuchar. En la comunicación interpersonal, ejercen casi siempre de emisores. En las clases de recepción debieron de hacer novillos.

Aconsejan los profesionales hacerles ver que su interlocutor también necesita ser escuchado, hablar con ellas para hacerles comprender la importancia de la escucha. Esta terapeuta, al ser de palo, se permite aconsejar huir de ellas. Directamente. Evitar conversaciones personales con los «yo-yó» en la medida de lo posible. Y cuando la escapatoria es imposible, pues aguantar estoicamente y no darles carrete, para que el acto comunicativo dure lo menos posible.

Por el contrario de lo que pudiera parecer, estas personas de ego elevado a menudo padecen de baja autoestima y por eso buscan el reconocimiento exterior. El tuyo, sí, a quien apabullan con su discurso yoísta.

Solo ellas trabajan, solo ellas sufren, solo ellas tienen hijos, solo ellas madrugan. Ellas-ellas: yo-yo.

Colaboradores

Hoy pinta terapia semántica.

Ahora que está tan de moda eso de trabajar en red (de boquilla, al menos), vivir en red, comunicarnos en red y, no tardando, defecar en red, rompo una malla a favor de la figura del colaborador. No es ésta entrada una reivindicación gremial, en el sentido de colaborador= «persona que escribe habitualmente en un periódico, sin pertenecer a la plantilla de redactores», tercera acepción de nuestro diccionario de la RAE sobre la que algún comentario caerá en esta terapia a modo de pulla hacia las empresas mediáticas. En este post pienso en nuestra red de colaboradores personales en el día a día.

Colaboradores

Red de colaboradores.

En el colaborador como aquella persona «que colabora», es decir, que  «trabaja con otra u otras personas en la realización de una obra»: primera acepción de Colaborador, ra de la RAE. La obra puede ser una venada repostera de tarde sosa de inverno, un desencuentro con los duendes de la informática, una chapuza a domicilio, una urgencia de difusión, organizar un eventazo personal… qué sé yo, cualquier gaita o caramelo del día a día.

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La vida entre comillas

La vida admite y reparte comillas a tutiplén, sin mesura ni piedad. Demasiadas a veces, pienso. Comillas o cursiva, tanto monta-monta tanto o a gusto del consumidor-escribiente. Qué «majicas».

Comillas que aportan infinitos sentidos. Multipliquen el capricho diario de cada sujeto por dos –doble sentido- y nos salen comillas como para poner en entredicho las 377.032 palabras de El Quijote de La Mancha.

El ciclo de la vida admite, y vaya que si admite, comillas.

El ciclo de la vida admite, y vaya que si admite, comillas.

Lo primero que aprende un estudiante de Periodismo es que la objetividad no existe (como tampoco la verdad). ¡Vaya chasco! Las comillas son intrínsecas al sujeto. Las reparten con generosidad individuos juguetones con la semántica, inconformistas, toca-narices, creativos de las letras, insumisos y otras variedades de sujetos muy sujetos.

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