Animalismo y animalistas

Estemos tocados o no por la flecha de este Cupido, está claro que este fenómeno no hace daño. Al contrario, mejora la sociedad

La palabra «animalismo» aún no figura en el universo RAE. ¿Es de esperar que no muy tarde la Real Academia de la Lengua Española la acepte? En el futuro lo sabremos. Lo que es presente es que en numerosos blogs y sitios web este término aparece definido como la «empatía con el mundo animal».

Se trata de una corriente en auge en España, por fortuna para esos otros y multiplísimos seres vivos con quienes compartimos condición. La parte buena de las redes sociales ayuda a  los animalistas  a extenderse en la sociedad. Así, los muros de Facebook se llenan de imágenes de perros y gatos que buscan un hogar o necesitan una acogida urgente y que denuncian el maltrato animal y de eslóganes que defienden sus derechos.

Los animalistas han llegado a los nuevos partidos políticos y algunos ocupan ya escaños en nuestros parlamentos.

En su defensa.

En su defensa.

Animalistas siempre ha habido. Para animalista mi madre, anterior a la eclosión digital, que cocinaba la comida de su can con el mismo cariño que la de sus hijos y le procuró siempre todos los cuidados médicos posibles y más hasta el último aliento de cada peludo. Mi padre, comprando cada día una barra de pan fresco para la perra del vecino, que en la gloria esté -la perra, que no el vecino, que ese es mi hermano y, por suerte, sigue en este mundo-.

Un animalista es más que una buena persona, pero por encima de todo es una buena persona.

Hay vidas, o etapas en ellas, alejadas  de los animales, lo mismo que vidas que transcurren ajenas a los niños. Cuando, por voluntad o azar,  retomamos el contacto con el mundo animal, el sentimiento resurge antiguo pero rejuvenecido, limpio. La ilusión, el cariño, la impotencia, la pena.

Me gusta esta corriente de ayuda y amor por los animales que se respira. Y me gusta que las denuncias contra barbaridades institucionalizadas por la vía de la costumbre hayan empezado a cerrar plazas de toros. Me hace creer en algunos seres humanos.

Nuestr mascota. ¡tan importante!

Nuestra mascota. ¡tan importante!

Tocados o no por la fecha del Cupido animalista, está claro que este fenómeno no hace daño. Al contrario: solo puede comportar efectos beneficiosos para el desarrollo presente y futuro de nuestra sociedad.

Aun cuando no comprendas a Fulanita chocha con su gato, sonríe, porque su actitud suma en el bien colectivo. Nunca resta. No se puede decir lo mismo de los amantes del toreo, por poner un ejemplo actual. Un tema que no pretendo analizar en esta terapia, porque montones de buenas plumas lo han hecho y lo están haciendo mejor que yo, al igual que múltiples y certeros carteles y otros mensajes gráfico-textuales que, desde la creatividad y la reivindicación, pueblan con acierto las redes sociales.

A la mente me viene un elocuente artículo de Rosa Montero –por cierto, hija de torero-  al respecto: «Venceremos».

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