Al calor de la chimenea: demonio bueno en su nido de madera

Nada como una chimenea para calentar el cuerpo y templar el alma en los fríos días de invierno. No hay calor más agradable que el que desprende la leña ardiendo en ese nido de demonio bueno. Liturgia antigua como la vida, la de prender la chispa sobre la madera para cubrir necesidades básicas. Centro del hogar, las chimeneas, en tiempos de cueva y choza. Centro aún hoy, para quien sabe apreciarlas, en las casas de pueblo de noviembre a marzo. Símbolo de abrigo, de hogar, de añoranza.

Fuego de chimenea

Demonio bueno en su nido de madera.

El olor de la madera húmeda, de las cerillas.

La visión del fuego, creciendo desde la nada hasta hacerse poderoso, sabiéndonos seguros al tenerlo encarcelado.

El sonido de los goznes metálicos, de los leños sobre la piedra, del fósforo frotado sobre la lija de la caja.

Disfrute donde hay para todos los sentidos.

El placer de seleccionar las maderas adecuadas y colocarlas en posición estratégica. Mimar la primera llama hasta conseguir que se expanda. Alimentar el fuego, como la torda a los paxarinos, para mantenerlo vivo. Incluso reaprovisionarse con prisa en el desapacible exterior para regresar feliz adentro. Cada paso de esta liturgia constituye un placer en sí mismo.

Ahora que el invierno –yo digo que pasó de largo el otoño- acaba de presentarse en casa, echo de menos mis chimeneas, sobre todo la de la aldea que perdí y añoro. La vida es más vida en el pueblo. La ciudad no tiene su calor. Calor frío, sofisticado y fácil, sin liturgia, el de las urbes.

Benditas cenizas.

Costumbres adquiridas que se extrañan. ¿Dije que la chimenea es símbolo de añoranza?

Calor para románticos. Calor para quienes no sabemos ser prácticos.

Chimenea

Guiño a Sebreño. El fuego se nos muere.

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